Fanático

Leave a comment

Cuando llegué a la casa de mi amigo lo vi sentado en una de las sillas de la mesa de la cocina.  Me daba la espalda. Por su postura con el torso arqueado sobre la mesa pude imaginar que trabajaba en algo con suma concentración. Al acercarme supe en qué, sus manos manipulaban con destreza y cuidado los ingredientes que en algunos minutos formarían un cigarrillo de marihuana. Picaba la piedra con gestos propios de un experimentado, movimientos rápidos y precisos, la mirada imperturbable.

-Papá, cómo va eso? Cuánta calidad hay en esas manos.

Con estas palabras lo saludé riendo. Me contestó cálidamente con un “viejo querido”, apartándose por un momento de su tarea para darme la mano, luego volvió a su cometido. Yo me quedé parado admirando la obra, asintiendo en el aire con la cabeza como ante la presencia de un artista, porque él en cierta forma lo era, su habilidad no era una cuestión de práctica y esfuerzo, estaba más bien escrita en su ADN y lo acompañaba no sólo al armar un faso, sino al patear una pelota, al moverse en una pista de baile, al agarrar una raqueta,  a dondequiera que vaya.

Pero en el mundo de mis pensamientos el sentimiento de aprecio se fue apagando gradualmente dando lugar a una triste preocupación. Al principio era un porro cada tanto compartido con nosotros sus amigos. Fumarlo era un evento especial de esos que te hacen explotar de adrenalina por el simple nerviosismo de experimentar algo nuevo, de vivir algo distinto. Eso se fue convirtiendo de a poco en uno por semana, compartido quizá, pero con un promotor indiscutible sin importar si el compañero era este o aquél.  Y ahora ya era un porro por día o varios, fumaba solo y en cualquier circunstancia social.

Un porro por día es una cifra alarmante de esas que los estudios científicos alertan que en dos años no vas a poder hacer una cuenta mental, te vas a olvidar lo que leíste en el diario de la mañana, y para hablar vas a tener que pensar las cosas más tiempo, cómo si las palabras justas se te resistan luchando por no ser elegidas.

Hacía un tiempo ya que este tema me preocupaba, pero decidía no hablar, no manifestar esta molesta inquietud con palabras que seguro sonarían crueles, insensibles. ¿Por qué esta tendencia nociva de evitar hablar sobre cosas tan importantes? Me irritaba pero lamentablemente era actor partícipe de esta falsedad por omisión, de esta desagradable hipocresía. Hablar del partido del Domingo sí, qué golazo ese, cómo viene jugando tal o cual jugador. Pero decirle a un amigo que se está arruinando la cabeza, que las neuronas no vuelven a nacer no, es políticamente incorrecto, qué desconsiderado siquiera pensar semejante barbaridad.

¿Dónde está ese grito instintivo de ¡frená!, que sale bien de adentro y sin filtro cuándo vemos que nuestro auto está por estrellarse contra algo y el conductor todavía no se percató de la situación? Ahí somos todos iguales de genios, no hay Einstein que sobresalga. Pero llevás esa misma situación a un plano apenas más profundo y nos ahogamos todos, se activa algún mecanismo retorcido que nos convierte automáticamente en idiotas irremediables, en personas tan llenas de miedo y dudas que callan en vez de hablar, nos convierte en falsos hijos de puta.

Pero ese día fui dispuesto a plantear la situación, era mi deber como amigo. Decidí sacarlo del ensimismamiento en su tarea poniendo una cumbia de esas bien “villeras” a todo volumen.

-Escuchá el tema este.

Le dije esto fingiendo seriedad y arrancó la cumbia con el inconfundible órgano acompañado de una voz motivadora que arengaba poco sutilmente: “arriba todos los negros”.

-¡No, boludo, no!

Gritó simulando un enojo indignado, pero el juego de la simulación terminó cuando se paró para bajar el volumen y elegir la música que él disfrutaba, sin dar lugar a una segunda opinión. Y me costaría decir que era una persona egoísta, porque nunca tuvo problemas para convidar una galletita por poner un ejemplo que aunque burdo viene al caso, pero claramente era una persona de ideas fuertes, y con fuertes no me refiero a sólidas o fundamentadas en el riguroso terreno de la ciencia, sino ideas de esas que se resisten más allá de la lógica y la palabra, que más bien luchan desde el ardor del fanatismo y la pasión.

Mi amigo sabía muy bien cuál música le gustaba, qué equipo de fútbol alentaba, qué partido político apoyaba. También sabía siempre qué quería hacer, dónde quería hacerlo y con quién. Mi amigo tenía un estilo, y el resto todos boludos. Y no quiero que se piense que era un déspota, un tirano, porque también era un sentimental, un sensible que se preocupaba porque todos pasen un buen momento. Yo lo veía más como una víctima de sus propias convicciones, que terminaban por censurar tanto su libertad como las de los que lo rodeaban. Y que no se me juzgue de exagerado, porque al fin y al cabo en su presencia me era imposible escuchar mi preciada canción de cumbia negra, limitando en cierta medida mi libre actuar.

Me contenté entonces provocándolo con mi línea preferida, despreciar al gobierno de turno.

-Qué bien que la está haciendo la presidenta, cómo la está juntando, ídola personal.

Verlo perder la compostura fue la recompensa instantánea de haber tocado la tecla justa. Su cara se convirtió en un manojo de expresiones iracundas y su lengua no daba abasto para traducir en palabras la ola de argumentos y emociones que su corazón le dictaba. A mi se me dibujó una sonrisa, y si bien asentí por pura cortesía a toda su perorata con las cejas levantadas en un esfuerzo por tranquilizarlo,  la sonrisa no la pude callar, verlo enervarse de ese modo era mi pequeña victoria.

Cuando empezó a tranquilizarse me dijo con voz condescendiente “ya vas a entender” y procedió a encender su cigarrillo de hierba. Por pura cortesía seguí asintiendo, pero la sonrisa se me desdibujó. Había en sus palabras una soberbia indiscutible, una seguridad insana. ¿Serviría de algo plantear el tema de la marihuana? Habría una justificación, una “filosofía” de fondo, un motivo providencial que lo justifique. Mejor pensarlo más tranquilo me dije a mi mismo, y lo acompañé en su ritual.

Advertisements

La quiere, no la quiere

Leave a comment

Mi mano fue automática hacia el pocillo con maní. Algunos tragos de cerveza tirada, un puñado de maní, y volver a empezar. Estábamos con un amigo en O’Doherty, nuestro bar irlandés de preferencia, donde servían una de esas cervezas que te acarician al tragarlas.

 

Me contaba sobre una chica que había conocido la noche anterior en el boliche.

 

-Primero fue cruce de miradas cuando iba para la barra.

 

Arrancó la historia así, validando al oyente levantando las cejas y esbozando una sonrisa, como preparando el terreno para una gran anécdota. Y en realidad no importaba si lo sucedido había sido increíble o un hecho simple y ordinario, pero en su tono siempre había una seguridad que no necesitaba de la aprobación irrefutable de los hechos sino más bien florecía del terreno del espíritu y la actitud, tan ajenos a todo.

 

-Ahí no la encaré, pero me tomé un fernet y la fui a buscar decidido.

 

Supe bien qué decía con eso, apreté los dientes y tensé los músculos. El pibe este con una determinación así estaba más allá de los estándares del ridículo socialmente aceptados, era capaz de todo, comparable con un fanático, donde una idea flota intocable, irrompible, utilizando humanos como muñecos ejecutores de sus planes macabros.

 

-Cuando la encontré tuve que laburarla como una hora, no sabés cómo tuve que remarla.

 

Acompaño esta frase con un gesto de indignación, pero la sonrisa por la conquista nunca se le borró de la cara. Y me lo imaginé “remandolá” metiendo sonrisas y gestos exagerados allí donde no daba el lugar, rozando muchas veces ese punto crítico donde la chica cual sabueso entrenado huele una pizca de desconfianza y sin más cambia una sonrisa aprobadora de “quiero que sigas” por un “chau flaco”.

 

El paso siguiente de la historia es previsible, seguro se besaron y pudieron compartir más sobre sus vidas ya desde la comodidad que sigue a la tensión que provocan el deseo y el acto de conocer a alguien que hacía minutos ni sabíamos de su existencia.

 

-¿Y qué onda la mina?

 

Sabía como iba a seguir esto. Seguro venía un “bien, buena onda”, frase con la intención de ocultar la vergüenza de decir: Bien, la pasé bien, pero no va a durar mucho. Una vergüenza fundada tanto en el elegir empezar algo que sabía que no perduraría como en la repetición patológica de la negación a querer animarse a buscar lo que realmente deseaba.

 

-¿Te gusta?

 

Tenía que tirar esa pregunta. Sabía que lo enredaría y la fibra perversa de mi intelecto se regocijó en realizarla. Disfruté cuando algo nervioso contestó con la primera evasiva:

 

-La pasé re bien. Estuvo bueno.

 

Respuesta que no contestaba mi pregunta y que vendría acompañada de un chorro de virtudes de la chica que al final resultarían todas insuficientes, pero solo al final, luego de defender el haber estado con ella como si de un juicio final se tratara, ejecutando el alegato con buenas razones pero con la ansiedad de conocer que la causa estaba perdida.

 

-No sabés lo buena que está.

 

Su sonrisa de conquista ya había quedado atrás. Ahora sus ojos estaban más concentrados en buscar mi aprobación que en imaginarse a la chica que hace un rato era el objeto más preciado. Y así siguió, contando algo agitado como la chica estudiaba biotecnología, iba a hockey, le gustaba el cine, salía con amigas, era buena persona. Hasta que llegó el momento de inflexión:

 

-Pero no sé si es para mi.

 

-¿Por qué?

 

Lo ataqué ya sin filtrar a mi alter – ego retorcido y ya resignado quiso ponerle palabras a un sentimiento que estaba totalmente fuera de su comprensión. Verdaderamente no sabía porqué no le gustaba. Porqué cada chica que salió luego de terminar con su ex nunca fue suficiente. Porqué saltaba de relación en relación sin siquiera intentarlo con chicas sobresalientes, diciéndose “esta no es para mi” con excusas más confusas que reales.

 

Verlo con los ojos perdidos buscando una respuesta en la oscuridad del desconocimiento me causó gracia. Y una carcajada estalló en mi boca.

Ilusiones: se venden.

Leave a comment

-¿Hola?- Atendí el celular con una cavernosa voz de dormido. Vergonzosa, pero imposible de esconder apenas se amanece.

-¿Qué hacés pajero? Son las tres de la tarde, un horario oportuno para llamar a cualquier persona decente, bah, no sé, me pareció, tal vez me equivoque.- Terminó la frase con una humildad fingida que invitaba una puteada.

-¿Dale gil, qué querés?- Mi voz seguía estrepitosa, pero ya no me incomodaba.

-Levantate y cambiate que me invitaron a una charla para hacer un negocio, me dijeron que lleve un amigo y pensé en vos, ¿no es tierno?- Remató con un aire afeminado.

-Sí marica, ésta es tierna. Pero pará, ¿qué onda?, contame un poco más que vos sos un peligro- La idea del negocio la vi media turbia, ¿en qué andaría este Brunito? Por eso reclamé un poco más de información, siempre con la provocación a mano, como un as en la manga, para teñir cualquier insulto, pedido o queja de un color familiar, divertido.

-¡No jodás!- Protestó Bruno.-Te paso a buscar en un rato, ponete lindo, con trajedia y todo.- No me dejó lugar a réplica, cortó ahí nomás. Lo que me faltaba, pensé, salir con traje a las cuatro de la tarde a cocinarme como un pollo al disco en el calor abrasante del verano Rosarino. Pero no me quedaba otra, el desempleo me tenía preso en su devenir lento, exasperante y primordialmente pobre, así que me afeité, elegí mi mejor traje, el único a decir verdad, y mientras esperaba a Brunito me entretuve haciendo suposiciones sobre la posible naturaleza del negocio.

La reunión tenía lugar en lo que parecía el living-comedor de un departamento de familia, de paredes blancas, solo que desprovisto de muebles, conteniendo únicamente algunas sillas plásticas negras en semicírculo, encerrando un plasma de cuarenta pulgadas y una pizarra. Cuando llegamos, todos los lugares estaban ocupados a excepción de los reservados para Bruno y yo. Al entrar, mi fobia social estimulada al éxtasis por las miradas de un gentío desconocido embotó mis sentidos, y solo consintió, en dejarme prestar atención a mis próximos pasos para llegar ileso a mi silla, ni pensar en observar la audiencia. No había terminado de acomodarme, que un hombre de complexión normal, pero trajeado con esmero, se paró en el medio del semicírculo y se dirigió con entusiasmo a los oyentes.

-Bueno, arranquemos, antes que nada ¡muy buenos días! Sé que probablemente estarán pensando con qué me va a salir este ahora. Quiero que sepan que yo ya estuve de su lado, y también viví esa inquietud, esa curiosidad mezclada con ilusión, así que tranquilos. Pero escuchen con atención, porque esta charla les puede cambiar la vida.- En este punto el orador hizo una pausa, intentando que la idea se propague por la sala embriagándonos. Pero mi coraza de escepticismo me mantuvo intacto, de hecho se intensificaron mis dudas, tensando mi estado de alerta, como un perro guardián que escucha un ruido y para las orejas, listo para morder al intruso. Me resultó una afirmación por demás de pretenciosa, dejándome al borde de la calificación categórica de “este es un chanta”.

-Voy a proponerles un negocio.- Continuó con ese aire de verdades reveladoras tan característico de los vendedores, que en mi caso provoca una sensación de espantosa desconfianza y una acidez de repugnancia que me sube hasta la boca.

-Pero, ¡ojo!, este no es un negocio común. Acá no van a tener techo, ¡van a poder crecer tanto como les deje su actitud!- En medio de un brote de iracunda impaciencia, deseé que el hombre este afloje con el dulce para oídos fáciles y pase a los detalles técnicos, los que me permitirían juzgar libre de prejuicios la factibilidad de la empresa. Al mismo tiempo busqué cómplices en la audiencia, con los que una mirada seguida de una sonrisa bastaría para acompañarnos en nuestra silenciosa pero turbulenta intranquilidad, quizá incluso relajando nuestro nerviosismo en cierta medida, pero me encontré con miradas absortas, perdidas en quién sabe qué tipo de ensoñación. Destacaban entre las cabecitas los ojos brillosos y la sonrisa apenas dibujada, esa sonrisa que sale desde el alma, que no precisa gasto alguno de la conciencia en el tensado de músculos, de una mujer rondando las cuatro décadas. Vi en esos ojos ilusión, y sin saber porqué intuí una desesperada necesidad que difícilmente sería satisfecha, y también sin quererlo volví a odiar al orador. También captó mi atención un señor de considerables dimensiones, tupida barba y vestimenta desprolija, que mascullaba como en un trance de indignación y odio palabras inconexas. De dónde lo sacaron a este, pensé.

-La cosa es así,- prosiguió el orador haciendo un hábil uso de la informalidad, intentando ganarse la confianza que un gran amigo puede tardar días, meses, o incluso años en lograr, en menos tiempo de lo que dura una oración, antes incluso que el sonido de las afables palabras completasen el intrincado camino hacia el entendimiento.

-Ustedes se van a convertir en distribuidores INDEPENDIENTES de un producto que NO SE COMERCIALIZA en el mercado directo.- Al decir esto, el disertante dejó que la palabra “independiente” y la frase “no se comercializa,” flotaran en el espacio y el tiempo, haciéndose esperar, y como una mujer podría dar fe de la artimaña, haciéndose desear. Y lo que para algunos puede haber sonado como una oportunidad única, porque claro, si no está en el mercado hay menos competencia, en mi provocó el efecto inverso, porque no tan claro, pero si no está en el mercado directo por algo debe ser, y seguramente el motivo no sea la falta de ganas de algún capitalista de hacerse de más dinero.

-Y el negocio NO termina en la venta del producto. Porque ustedes van a cobrar TAMBIEN una comisión por las ventas de los distribuidores que ustedes consigan. Es por esto señores y señoras, que este negocio NO tiene techo.- La forma de hablar del orador, deteniéndose en ciertas partes del discurso, acompañando las pausas con una sonrisa de complicidad y un levantar de cejas, como si acabase de decir una verdad fundamental, original y reveladora, como si este momento se transformaría inapelablemente en una bisagra en nuestras vidas, dejando atrás un pasado mediocre para saltar a un futuro brillante, terminó por inflarme las pelotas, por decirlo de una manera algo vulgar pero contundente. Además, dejando mi sentimiento inevitable de desprecio a un lado, mi razón se encargó por cuenta propia de ponerle un techo ineludible al negocio, el avance fatal e implacable de la progresión geométrica harían que si una persona tiene diez distribuidores y esos otros diez cada uno, y esos otros diez cada uno, y así sucesivamente, en seis niveles se tendrían un millón de distribuidores. Un millón de personas hay en Rosario, y en el caso ínfimamente posible pero confundido casi con la total improbabilidad  de que todas las abuelas, tacaños, niños, cristianos, judíos, orientales, linyeras y ladrones que cohabitan la city se conviertan en distribuidores del producto, que valga decir que todavía se desconoce su naturaleza, la pulpa jugosa del negocio iría a parar a las manos de unos pocos, que en los primeros niveles estén lo suficientemente arriba como para pisotear sin vergüenza las suficientes cabezas, e incluso para ellos existiría el techo, algo más alto tal vez, como en las casas antiguas, pero tan real y tan vigilante como un faro, que ni durante la más borrascosa de las tormentas quita el ojo luminoso de las inmensidades del océano.

-Y ahora, todos deben estar preguntándose, y qué es lo que hay que vender, miren el siguiente video con atención, y sean testigos de una revolución en el mercado.- Dicho esto el orador apagó las luces y encendió el plasma, que ahora se convirtió en el centro de miradas expectantes iluminadas tenuemente por la luz de la pantalla, dando un aire espectral a la sala, un aire surreal. El silencio de la casi oscuridad estaba cediéndole la palabra a un señor de piel tostada, que apenas había hecho su aparición en la pantalla,  cuando el señor grandote que hace un ratito vimos protestando en voz baja comenzó a hacerse oír entre sollozos, cortando las palabras ahí cuando la respiración, agitada por la ola de emociones, súbitamente toma una bocanada de aire en un esfuerzo desesperado por no ahogarse en la desdicha.

-Basta.. Por favor.. Basta.. No importa el producto.. Estos tipos hacen todos lo mismo.. Te venden ilusiones.. Te venden la ilusión de un auto nuevo.. De unas vacaciones en un lugar lindo.. Del respeto que tu hijo te perdió hace tiempo.. Y a cambio.. ¡Te roban la vida!.. Para mi esposa empezó como un hobbie.. Ni me acuerdo qué era lo que le daban para vender.. Creo que eran unos productos de limpieza.. Me acuerdo que una vez.. Lo ofreció en una reunión familiar.. Todos nos reímos.. Ella también.. Pero poco a poco fue cambiando.. Las reuniones con el resto de los distribuidores eran cada vez más seguido.. Ella llegaba a casa.. O súper contenta.. Pregonando que con actitud se podía.. Eso le decían.. Cuando vendía un producto.. O destrozada e histérica.. Cuando no lograba venderle a nadie.. Al final el distanciamiento era insoportable.. Su mirada estaba perdida.. Un día llegó y me dijo que me dejaba.. Que yo no creía en ella.. Que no me preocupaba su futuro.. Que se iba con un colega distribuidor.. Un tipo con ACTITUD.. Así como a mi.. Perdió a sus mejores amigas porque no le compraban.. Apenas si se habla con su familia.. Y no sigo porque.. No quiero llorar.. Pero háganse un favor.. Y váyanse de acá.. Lo antes posible..

La audiencia, y me incluyo, miraba atónita la declaración inesperada de este señor. Y antes que la nube de ideas recién escuchadas lograse desatar una lluvia imborrable sobre las ilusiones creadas en un principio, el orador intervino.

-A veces es duro decirlo, pero en la vida hay ganadores y perdedores. ¿Ustedes de qué lado quieren estar?- Y la señora de ojitos brillosos volvió a sonreír, olvidándose de aquél señor, volviendo a soñar despierta.

Tarde en la feria

Leave a comment

Raulio miraba desorbitado la multitud de familias que se divertían en el parque. A pesar de contar ya con más de dos décadas, esta era la primera vez que visitaba a sus “primos de ciudad”, como el solía nombrarlos.

Accedió a ir luego de centenares de invitaciones, pero no fue la insistencia la que lo convenció, tuvo un sueño en el que se vio rodeado de familiares recibiendo la navidad y no se atrevió a interponerse a la voluntad divina. La religión era muy importante en su bagaje desordenado de ideas. La misa del domingo era un obligado y la biblia era el único libro en su biblioteca. Muchos ortodoxos podrán cuestionar su manera particular de interpretar la palabra del señor, pero lo cierto era que Raulio respetaba a Dios por sobre todas las cosas.

Los primos de ciudad eran dos familias con hijos rondando la edad de Raulio. Decidieron llevarlo a la plaza porque ese día estaba la feria americana, un espectáculo en sí mismo.

Raulio no podía con su desconcierto porque acostumbrado a su pueblo natal y al trabajo siete días semanales no entendía qué hacían tantas familias libradas al paso del tiempo sin responsabilidades y menos aún arropados en tantas variedades de vestimenta, y tan distintas de sus eternas bombacha y camisa.

Rompiendo algunas horas de silencio, Raulio increpó a su prima Josefina, estudiante de psicología de veinte años:

-Prima, me acompañas a dar un paseo?

La prima, boquiabierta pero entusiasmada por la súbita decisión de su primo de pueblo, accedió con una sonrisa:

-Dale, vamos y te muestro los productos de los artesanos.

Raulio no presentaba interés alguno en observar los trabajos de esos tipos desalineados. Se le escapó la invitación a su prima involuntariamente luego de que asomó debajo de su blusa algo más de piel blanca que lo acepado por los códigos de decencia. Entre las variadas e inconexas interpretaciones de la palabra del Señor, Raulio tenía claro que Dios quería que haya amor en el mundo, y una de sus características personales más admiradas por si mismo era su gran capacidad para brindarlo.

Apenas se separaron del grupo, Josefina arrancó la charla.

-Así que nunca saliste de tu pueblo? Cómo es la vida ahí? Me imagino que toda esta cantidad de gentes y colores son algo nuevo para vos.- La exaltación de la prima era evidente, se le hacía difícil contener las palabras, y Raulio mientras escuchaba pensó que bien le vendría una montadita a esa yeguita.

-É verdá, eta e la primera vé que dejo la casa. Trabajo tó el día mientra haiga lú.- La prima notó un castellano medio venido a menos, pero había en los ojos de Raulio una seguridad inhabitual. –Quién son toa esa gente sucia vendiendo cosa? No dan gana ni de acercarse a mirá.- Raulio, a pesar de ser de campo, donde a veces cuesta diferenciar polvo y aire, tenía una concepción rigurosa de la pulcritud a la hora de realizar transacciones comerciales, su patrón había sido claro. Cuando haya clientes hacete humo, para vender hay que estar lindo y perfumado, le recalcalcaba de tanto en tanto.

Josefina, una idealista pro amor y paz, retrucó en defensa de los hippies de la feria pero sin descuidar su relación con su primo, que en su primera opinión visible se mostró algo retrógrado e intolerante. –Bueno, pero por ahí tienen cosas lindas, vamos a ver.

A Raulio el tono de voz de la prima lo estimuló en un modo particular y olvidándose de las lecciones de comercialización enfiló hacia un puesto que ostentaba facas y cuchillos.

Observando los cuchillos con una mirada experta, y sin necesidad de tocar el metal en ningún momento, luego de unos instantes de reflexión dictaminó: -Eto no corta ni mierda.

El vendedor, un rastafari desalineado y desprolijo, hizo algunos cálculos mentales con la velocidad que le permitieron sus castigadas neuronas y llegó a la conclusión que no podía estar alucinando, hacía ya rato que se había prendido el último fasito. Aún así pensó en la posibilidad bastante razonable de un delirio espontáneo, causado no por la ingesta de alguna sustancia tóxica en particular, sino por la acumulación de ellas a lo largo del tiempo, que poco a poco pero irreversiblemente van barriendo las conexiones cerebrales. Por las dudas contestó: -Cómo dice amigo?

Raulio recordó el sermón sobre las drogas en la sociedad y asoció rápidamente este vendedor despreciable con la decadencia de valores sobre la que el padre de la parroquia había hablado. Un sentimiento de repugnancia y odio le hirvió la sangre y se lanzó en una perorata iracunda e inesperada. –Eso que dije vagoemierda, porqué no te conseguí un trabajo de verdá y te va a laburá, mirate ahí to echao y con lo seso embobao. Vergüenza tené que tené.

Rápidamente se formó un tumulto de gente alrededor del puesto de cuchillos, y Josefina no atinaba a ningún tipo de reacción, se había quedado muda. Sintió una sensación en la que se entremezclaban miedo y sorpresa. Mi primo está mal de la cabeza, pensó, pero no pudo evitar sentir algo de afinidad con su idea sobre el hippie, y se odió a si misma.

El vendedor también estaba en estado de shock, pero él debía contestar de algún modo el agravio, y esta era una de esas situaciones en que la reacción no pasa para su aprobación por la mente, sino que se programa y ejecuta independiente  de la posible opinión que uno pueda tener. Unas gotitas empezaron a aparecer en el pantalón del rastafari, primero provocando algunas manchitas y por último un importante manchón oscuro en el pantalón de hilo que terminó tibio y humeante en las ojotas del pobre tipo.

Raulio explotó en una risotada, no se le conmovió ni un pelo por la embarazosa situación del hippie y continuó el ataque: -Miralo vó, un nene meón, me parece que a vó te falta calle, mucha sustancia tócica pero poco seso, la mugre esa que tené encima no sé de onde salió, si vó no debé salí de tu casita. –Estaba desbocado, la verborragia le brotaba directamente desde su maraña de convicciones y su instinto peleador, para colmo algunas viejas del tumulto asentían con cada palabra y empezó a disfrutar un goce maligno por la situación. Josefina no sabía dónde meterse, ni se le cruzó por la cabeza plantársele al primo, no era previsible para dónde podía salir disparado el animalito ese.

Por suerte para la prima, de la muchedumbre comenzó a oírse una voz fuerte y clara acompañada con ademanes pronunciados, una de esas voces nacidas para agitar peleas, para insultar a un árbitro, voces que no se dicen, voces que se escupen con una fuerza inusitada. El hombre hablaba como inspirado por una filosofía elevada.

Hay razón en el muchachito este,

que aunque le falte educación,

conoce más que la peste.

Perdonen si a alguien ofendo,

pero estas ferias son horribles,

está lleno de despreciables,

veo a pocos trabajando.

Te venden productos únicos,

pero son todos iguales,

como salidos de multinacionales,

comprarlos es cosa de locos.

Una mujer de considerables pliegues de grasa atribuibles posiblemente a una vida sedentaria de mucho mate y medias lunas gritó enardecida pero con un tono algo sarcástico desde el puestito contiguo al del rastafari, -Qué hablás vos boludo! Mi hermano se mueve a tu esposa!

Josefina trataba de calificar a los personajes según su desorden mental, pero aprovechó las risas que siguieron a la acusación de la señora para alejar a su primo del barullo. Lo logró con el más hipócrita fabricado  -Vení Rau, vamos a ver otras cosas.-  Teñido con una voz de niña que hacía la propuesta innegable.  Los instintos más carnales y turbulentos del campesino se activaron de un momento a otro desterrando al olvido la ira y el odio de instantes  atrás. Ahí nomás, en el medio del despelote, la abrazó desde atrás y le empezó a dar besos en el cuello. Acostumbrado a las pueblerinas más traviesas y provocadoras, confundió los manotazos de la prima con desafíos pidiendo más rigor, también se le entreveró un salí con un seguí y ya no había qué pudiera devolverlo a una persona razonable.

Josefina se resignó al abrazo, sintiéndose protegida bajo la fuerza maciza de su primo y empezaba a disfrutar los besos en el cuello cuando un golpe de termo en la cabeza tumbó al primo de boca al suelo. –¿Estás bien nena?- Preguntó la gorda del puestito.

Reencuentro

Leave a comment

Sonó el teléfono, atendí y pasaron unos momentos hasta que el nombre de la voz femenina se apareció ante mi como una revelación. Me llevé una grata sorpresa al descubrir que era ella, no podía recordar la última vez que nos habíamos visto y su dulce voz me hizo víctima de una ráfaga de emociones. Con Sofía habíamos sido mejores amigos gran parte de la juventud y por esos motivos que uno nunca termina de comprender fuimos perdiendo el contacto gradualmente hasta que dejamos de frecuentarnos. Pero la conexión verbal fue espontánea, años de charlas no se pueden olvidar y se hicieron evidentes en la naturalidad de la conversación. De todos modos la charla fue breve, me llamaba para invitarme a tomar unos mates con facturas a su nueva casa y así poder rememorar viejos tiempos y hacer intercambio de novedades. También me preguntó si tenía hijos y cuando contesté que sí, un varón de seis años, me pidió como una nena que quiere un caramelo que por favor lo lleve. ¿Cómo decirle que no? Sofía tenía una chispa especial, nunca conocí a alguien que le desagrade, dejando de lado envidiosas sin remedio, siempre generosa con su sonrisa, siempre mirando el vaso medio lleno. Tampoco conocía a alguien que le haya negado un favor, y yo no fui la excepción.

Era un día frío, la nieve caía copiosamente, hacía rato ya que había pasado el mediodía y de a poco la luz iba cediéndole el paso a esa tenue visibilidad que tiñe las formas de misterio. Con Fede, mi nene, nos abrigamos hasta las orejas y salimos para lo de Sofía. Ver su hermosa casa desde afuera, con las luces interiores irradiando calidez en un día de nieve como ese, me encendió una sensación de felicidad, la quería mucho y me alegraba por ella, no podía esperar por escucharla. Cuando abrió la puerta, me arrojé hacia ella de brazos abiertos, y la primera sorpresa me atacó cuando mis brazos rodearon su cuerpito y el tacto hizo evidente que Sofi estaba mucho más flaca de lo que ya era. Estás muy flaca, dije sin poder evitar un tono de consternación en mi voz. Cuando sonrió como restándole importancia al asunto también noté que su risa no emanaba la misma intensidad que antes, pero realmente empecé a preocuparme cuando levanté la mirada y vi sus ojos, allí donde habían habitado dos esferas implacables, tan seguras de sí mismas, tan desafiantes, solo quedaban dos pelotitas débiles, vulnerables, que por lo menos arruinaban mis expectativas de un brillante presente de Sofía.

La imagen de calidez de la casa se me apagó apenas entramos. Adentro el ambiente era frío, las brasas del hogar perdían el duelo contra las grandes dimensiones del ambiente. Lo mismo les pasaba a los muebles, que se perdían en la vastedad y no alcanzaban a imponer su presencia. Todo esto, junto a los sonidos que se ahogaban antes de ni siquiera nacer, hacía imposible no sentir el más milenario de los avatares de la condición humana: la soledad. En el momento no me percaté de ello, pero a partir de allí mi espontaneidad se vería lastimada por un sentimiento inevitable de condescendencia. Mis observaciones de la casa se vieron interrumpidas cuando casi tropiezo con una chiquita de la altura de Fede que salió de no sé donde. Tampoco sé porqué instantáneamente la abracé fuerte y la levanté en brazos, los nenes no son mi fuerte, supongo que fue la fuerza del sobresalto. De todos modos la chiquita, a través de un remolino de puñetazos y patadas rápidamente me hizo notar que la estaba pasando mal, así que tuve que bajarla. Tiene 6 años, como Fede, me dijo Sofi, ¡dejemos a los chicos y charlemos un rato!, terminó entusiasmada. Dejamos a las criaturas en la habitación de la nena y nos ubicamos cómodamente en los sillones del living room.

Las palabras le salían a borbotones en una fusión indetectable entre ira, tristeza y sarcasmo, y agravaban mi desconcierto: ¡No puedo creer cómo terminé!, ¿qué me pasó?, ¡me da vergüenza hablar con mis amigas! ¿Sabés que es lo único que hago? No querés saber, dejé atrás todos nuestras ideas de cambiar el mundo, de crear un mundo con igualdad de oportunidades, ¿sabés que hago? Compro, me la paso todo el día comprando, en los locales del shopping me ven venir y se asoman a saludarme, y no porque les caiga bien, sino porque les paso la tarjetita, este es el segundo año consecutivo que salgo mejor clienta de Master Card. ¿Y te preguntás cómo empezó todo? Con el hijo de puta de mi marido. No lo conocés, y bien por vos. El tipo es actor. Cuando nos conocimos me pintó el mundo de rosas, me dijo que me iba a llevar a recorrer el mundo, me acuerdo su primer chamuyo, te voy a llevar a Venecia, ¿y sabés a dónde me llevó? Al laguito del parque. Debe ser que soy medio masoca, siempre me gustaron los forritos, pero este me está matando, y el tipo sí vive de viaje, la pasa bárbaro, pero en vez de llevarme a mi se debe conseguir alguna putita. Si no fuera por la chiquita no sé mirá, escuché de unos métodos para decir chau mundo que ni te enterás, palo y a la bolsa, pero que por favor nadie me escuche. Y la nena para colmo no para de hacer kilombo, no pasa una semana sin que me llamen de la escuela para decirme que la nena prendió fuego un aula o ahorcó a una de sus compañeritas. Quiero creer que es de traviesa y no que está más loca que una cabra, como la vieja. Terminó soltando una risita que desató un llanto incontenible. En un instinto casi animal me acerqué a ella y la abracé tanto como pude. Sin tener la más remota idea sobre qué decir a continuación, le propuse ir a ver a los niños en un intento de teñir el momento de alegría.

Al llegar a la habitación de la nena, me impactó el riguroso orden que regía en la habitación, las muñecas sentadas prolijamente en la repisa, niguna prenda en el piso que sugiera la presencia de una chiquilla alborotada, las paredes de un blanco prístino sin los típicos dibujos de una nenita con la imaginación en pleno florecimiento. La nena se encontraba de rodillas de cara a la ventana y mientras peinaba en un ritmo suave una de sus muñecas le decía con una compenetración algo preocupante: nos tenemos que portar bien así mamá no nos reta, ¿no Barbie?. Cuando empezaba a respirar un aire extraño en la situación, caí en la cuenta que Fede no se encontraba en el cuarto. Tratando de disimular mi incipiente nerviosismo, iba a preguntarle a la chiquita por él, pero Sofía se me adelantó corriendo hacia ella y gritando dónde está Fede en un modo exaltado e inquisidor. La niña respondió al grito enmudeciendo y mirando hacia abajo, lo que generó en su madre un destello de furia que se tradujo en un zamarreo violento. Mi nerviosismo, ahora mezclado con aturdimiento debido a la imagen que tenía ante mis ojos, me impedía emitir sonido y eliminaba cualquier intención de intervención. Cuando no pude soportar más estar ahí parado inmóvil, me lancé hacia ellas, separé a Sofía en un movimiento brusco pero certero y con la voz más cariñosa y paternal que me permitía el momento le pregunté a la chiquita por Fede.

No sé, no me dijo, me contestó en medio de un lloriqueo que de a poco se apagaba. ¿Y por dónde se fue?, fue mi réplica inmediata. La niña señaló la ventana e instáneamente fui presa del terror. A mi hijo le encantaba treparse a todo lo que veía: árboles, casas, monumentos. Pero la nieve y el frío podían burlarse de su habilidad y en un resbalón mandarlo para abajo. Impulsado ahora por el instinto, me asomé rápidamente a la ventana, la nieve me golpeó la cara y la oscuridad de la noche que comenzaba no me dejó ver mucho, decidí salir. Bajé las escaleras a toda velocidad, salí al jardín pero no lo vi por ninguna parte. Grité su nombre con cuerpo y alma pero no aparecía. La impotencia y la preocupación se estaban apoderando de mi cuando vi su campera en la nieve, en dirección a la calle. Unas lágrimas se congelaron antes de mojar mis mejillas, mientras corría hacia la campera que se hallaba boca abajo contra la nieve helada. Cuando llegué a la campera caí de rodillas y el ver que Fede no estaba por un lado me hizo sentir un leve alivio pero por otro terminó de desorientarme. Interrumpiendo mi asombro, de la calle vino una voz risueña pero sarcástica que decía: ¿qué hacés pavo? Parecés un loco, Fede está en el auto, decidí pasar y darte una sorpresa. Cuando reconocí a mi mujer, el alivio se me mezcló con bronca y al final terminé riendo. Llamé a Sofía con el celular y le dije que prepare a la chiquita que las invitábamos a comer, también le avisé que tenía que hablar con ella muy seriamente.

El ganador

Leave a comment

Julio, un veinteañero de casi dos metros, una cabellera llena de rulos y cara de forma redondeada, se está preparando para irse de joda con los amigos. Acaba de ponerse una camisa recién adquirida en una feria de diseño, la camisa tiene aires caribeños, con flores coloridas y algún que otro pájaro también lleno de colores: verdes, naranjas, amarillos. Ahora se mira al espejo y piensa: “Hoy la rompés Julito, no te para nadie. ¡Mirá qué camisa por Dios! Las chicas no se me van a poder resistir. Ya sé, con este chamuyo las mato: Siento que te pusiste la misma camisa que yo, estás llena de flores. ¡No, no te me tirés encima, pará!” Todo esto interpretando imitaciones exageradas frente al espejo y no pudiendo evitar reírse. Continúa elucubrando en su imaginación, siempre actuando para el espejo con movimientos torpes y bruscos: “Sí, hoy no me vuelvo solo. Agarrensé chicas que Julito está hecho una fiera y no ladra, muerde. Estos kilitos no son panza, son el combustible de esta máquina sexual” Termina guiñándose el ojo y practicando una sonrisa que según él no falla en la hora de la conquista. Por último estalla en una carcajada interior y busca las llaves, el celular y lo más importante, la billetera, para dirijirse al bar donde lo aguardan sus amigos. Al cerrar la puerta de la casa, su madre lo interrumpe con un “te quiero” y él la corta en seco con un “dejáte de hinchar ma”.

Al llegar al bar, Julio endereza la espalda y se dirige hacia la entrada en una sucesión de ademanes altaneros. Gira el picaporte y al notar que la puerta no cede empuja un poco más fuerte. Lo distraen los movimientos de una señorita que desde adentro quieren decirle algo. Julio piensa: “¿Ya arranqué?, hoy no me van a dejar tranquilo las chicas”. Se concentra en la puerta que no abre y en un arrebato le da semejante empujón que la puerta cruje, pero no cede, hasta que la señorita de las señales amorosas sale para decirle algo en un tono algo ofuscado: “Dice tire flaco.” Julio pide perdón sonriendo y espera una sonrisa que nunca llega, pero no se molesta por ello. Emprende el desfile hacia la mesa donde se encuentran sus amigos lanzando miradas rapaces hasta que se topa con los ojos negros de una morocha que raja la tierra. No se amedranta ante el contacto visual demostrando que ahí está él, y que no pretende salir vencido de la batalla de ojos. La morocha interrumpe la tensión de las miradas, sonríe y agita su mano derecha como saludando, hecho que Julio no espera y que sus reflejos poco acostumbrados a decisiones ágiles responden con el leve flexionar del codo que inicia cada saludo. Leve flexionar que Julio interrumpe de súbito cuando ve que el verdadero destinatario de las miradas de la morocha acaba de pasar por al lado suyo. Piensa para sus adentros: “¡Qué boludo! Bueno ahora sigo caminando como si nada, no pasa nada”. Pero no puede evitar revisar desesperadamente las mesas que lo rodean para chequear que nadie lo haya visto. En una de las mesas, están sus amigos matándose de la risa.

Al canto resonante de ¡Julio!, ¡Julio!, ¡Julio!, haciendo palmas y golpeando mesas, vasos y botellas, los amigos de Julio le dan la bienvenida. Julio desfila hacia la mesa meneando las caderas y saludando a flashes imaginarios, se compenetra en el personaje, se olvida que el resto del bar lo está mirando, tropieza con una silla desafortunadamente colocada en su trayectoria y evita una caída estrepitosa haciendo malabares con sus piernas. Sus amigos lo saludan sin parar de reír: “¡Gordo personaje!”, “¡Julito querido!”. Ni bien se acomoda, Julio levanta la mano y llama a la moza mientras sus ojos inquietos dan vueltas mirando sin mirar. La moza ya lo conoce y le trae un jarrón al mejor estilo alemán de cerveza tirada, que Julio al compás del aliento popular que dice: “¡Fondo!, ¡fondo!, ¡fondo!”, toma hasta el final no pudiendo impedir que algunos hilos del líquido se le escapen enredándose en su camisa floreada. Las cervezas no paran de sucederse unas a otras animando historias de mujeres, discusiones filosóficas y canciones futboleras. Para cuando Julio decide emprender el camino hacia el baño, sus reflejos ya no son los mismos, y le cuesta mucho caminar sin balancearse peligrosamente. Ya en el baño mira al espejo y dice cual mozo: “Hoy marche una bebita para Julito.” y mientras rompe en risas interrumpe su embriaguez una voz enojada que se filtra de uno de los excusados: “¡Salí de acá flaco!” Y ahí es cuando Julio nota una silueta femenina dibujada en la puerta del toilette.

En el boliche, el grupo de amigos charla ruidosamente junto a la barra. Los flashes multicolores, el volumen de la música que golpea una y otra vez su cuerpo como una maza de guerra, el alcohol burbujeando en su cabeza, sumen a Julio en un todo surreal. En un atisbo de lucidez, una figura femenina se empieza a hacer clara a unos pasos suyos. Fugazmente pasa por su mente una sentencia: “Esta mami quiere un papi”, y se arroja al acecho vorazmente sin calcular previamente distancia, velocidad ni peso. Como resultado, la fémina y la bestia terminan rodando en el piso, y sin entender la magnitud del desatino, Julio dispara: “Así te deseaba, recostada a mi lado”. No alcanza a terminar la frase que la señorita estalla en lágrimas y llega un guardia que tal vez estimulado por algo más que la indigación evidente causada por ver a una dama llorar lo arrastra hasta la salida sometiéndolo a una violencia innecesaria. De cara al piso, Julio está enteramente inmovilizado por la impotencia, que no lo deja levantarse y curiosamente le hace sentir una extraña comodidad en una superficie tan dura como lo es el pavimento. Cuando logra juntar fuerzas para levantarse, al encarar su camino de vuelta a casa, lo primero que hace es sacar su celular del bolsillo. Escribe un mensaje y está por apretar el botón enviar cuando dulce voz viene volando de su costado. “Yo pensaría dos veces en mandar un mensaje a las 5 de la mañana.” Julio sonríe, y le alcanza el celular que dice: “Ma, querés que te compre el diario?” Un “que tierno” de la señorita alcanza para que Julito cumpla su promesa de volver acompañado.

La ruleta

Leave a comment

Se despertó en medio de la noche con la imagen vívida de la ruleta. Y este hecho no puede ser atribuido al fantasma de la adicción, sino a que Francisco Rabasedas era arquitecto, y la noche de ese mismo día sería inaugurada su obra de mayor importancia hasta el momento: un casino cuya atracción más notable era una ruleta gigante. Tan grande era la ruleta que se decía que en cada número podían caber dos personas recostadas, y corrían los rumores que dos personas efectivamente habían corroborado la veracidad de esa afirmación. Los topógrafos de la construcción habían estimado un diámetro de 25 metros, pero en la obra se decía que su tamaño era comparable con el de un estadio de fútbol. Para  realizar semejante construcción, había sido necesario contratar ingenieros, científicos y arquitectos de todas partes del mundo. En un proyecto de esa magnitud hasta las cosas más impensadas pueden convertirse en un desastre. Imaginen por un momento que la bola marfilada cae fuera de la rueda giratoria, los diarios leerían: “abuela muere aplastada por bola de ruleta”, catástrofe nacional. Por eso es que se requirieron las opiniones de los más expertos en todos los campos. Otro tema que es tan trivial en la ruleta común pero que en este caso requirió estudios de los físicos mecánicos más célebres es el lanzamiento de la bola. No es tarea fácil la de arrojar una bola de un metro cúbico y doscientos kilogramos de peso. Un error en la fuerza imprimida a la bola podría concluir con la vida útil de la cara ruleta y con la carrera de un joven arquitecto de brillante porvenir.

La última semana había demandado de Francisco un esfuerzo sobrehumano. Le costaba recordar la sensación de despertarse habiendo dormido bien. De no ser por su temple imperturbable, no habría podido lograrlo. El terminado de la obra había traído innumerables inconvenientes, como solía suceder, pero uno de los problemas demostró su inigualable paz de decisión: Al probar la ruleta por primera vez, la bola se decidió por caer en el número cero luego de algunos saltitos. Cuando frenó la rueda, se oyó el descorchado de una botella de champagne preparada especialmente para la ocasión y uno de los empleados de la obra arrancó un tímido aplauso que terminó por desparramarse por todas las manos que se encontraban en el lugar. La situación peculiar no apareció hasta después del festejo, cuando uno de los científicos apostadores empedernidos que se habían quedado jugando, lanzó un grito desesperado que nadie logró entender y que un argentino tradujo también gritando: -¡Sale siempre cero! Las caras de todos los presentes no tardaron en dibujar muecas de preocupación, hasta que Francisco dijo unas palabras tranquilizadoras: “Es estadística gente, es muy poco probable que salgan varios ceros seguidos pero puede pasar, no usen más la ruleta que me la van a rayar, quiero que esté perfecta para la inauguración”. El escepticismo de Francisco era moneda corriente en sus obras, siempre pasaba por debajo de las escaleras, entregaba la sal en la mano y no se asustó al ver pasar dos veces el mismo gato negro. Por eso fue que nadie siquiera amagó a poner en duda su dictamen.

Y el día de la inauguración se despertó en medio de la noche con la imagen vívida de la ruleta. En su sueño acertaba el pleno en el número siete y ganaba millones. Resignado a no poder volver a conciliar el sueño, Francisco se levantó de la cama se dispuso a hacer los preparativos para su ritual previo a cualquier inauguración: tener un día de campo con su mujer y sus dos hijos varones. Durante el día disfrutó la compañía de sus más queridos y se olvidó del casino, de la ruleta y de los científicos locos. El fluir de los eventos lo sorprendió ajustándose el nudo de la corbata apenas un rato antes de la inauguración. Al llegar al casino, lo cegaron los flashes, las preguntas de los periodistas, y todo fue una suecesión de imagenes confusas y sonidos distantes, incluso los que salían de su propia boca, hasta que se vio cara a cara con el momento de jalar la palanca que accionaría la monumental ruleta. La primera ronda de apuestas estaba limitada a las celebridades de la ciudad, apostaron el intendente, algunos empresarios, jugadores de fútbol y modelos. La bola cayó pesadamente sobre la rueda pero fue notoria la suavidad con que se desplazó hasta acomodarse en el número cero. Número que nadie esperaba porque lo único que se oyó fue un “oh” colectivo.

La noche prometía un buen rato para todos los presentes, pero al ver caer la bola en el cero Francisco no pudo evitar que unas gotitas humedecieran su frente. Para tranquilizarse se dijo así mismo, “voy a apostar yo al cero, con la suerte que tengo no va a salir”. Y así fue como Francisco apostó la considerable suma de diez mil pesos al número verde. La ruleta giró y determinó que la banca debía pagarle treinta y seis veces su suma apostada. En la hora de apuestas que siguió, el arquitecto se hizo millonario y el casino agotó sus reservas de dinero. Desde que ganó por primera vez, Francisco le había pedido a un mozo que no deje que sus labios se sequen de la champaña más refinada. Tal vez fue por eso que al ver venir a los policías decidió tomar cartas en el asunto de la ruleta y en un delirio concibió que su propio peso podría causar el ajuste de tuerca que le estaba faltando a la maquinaria. Algunos de los que lo vieron arrojarse en la rueda giratoria afirman que nunca habían visto una cara tan defigurada por la bronca y la tristeza, otros dicen que vieron solo un borracho más. Pero la realidad es que aquí terminó la historia de Francisco.

Older Entries