Ensayo sobre la montaña (IV: De piedra en piedra)

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Cuando el paso del tiempo logra apagar el fuego de mi cara, fuego que había sido encendido por un aglutinamiento de sangre en mi cabeza, (sangre que, comandada por la risa llegó a mi cabeza, y sin poder continuar su camino no tuvo más remedio que prenderse fuego),  me dispongo a continuar con el camino,  de él restan un pedrero y una pared de piedra hasta llegar a la cima.

Encaro el pedrero y, de un momento a otro, existimos sólo las piedras y yo, el resto se apaga, se torna difuso, los ruidos se pierden antes de alcanzarme, las formas se mezclan entre sí perdiendo su carácter de formas. En mi mente reina el silencio y hay un solo objetivo: decidir sobre cuál piedra daré mi próximo paso. ¿Será sobre esa que aparenta estar firme? No creo que se mueva, pienso, si calza perfecto sobre otras dos. ¿O será sobre aquella otra? Es grande, no creo que me falle tambaleando y haciéndome perder el equilibrio. El ritmo de la acción va más rápido que mi cabeza, y por más que me fuerce, siempre queda la posibilidad de que la piedra elegida no haya sido una buena elección, de que esa piedra se mueva y me tire al suelo si mis reflejos no logran restituirme el equilibrio a tiempo. La inercia no me deja terminar de evaluar las opciones, en parte porque estas opciones son infinitas, y mi análisis es cortado en seco por el avance de mi cuerpo, dejándole a mis pies información incompleta para que terminen de decidir por ellos mismos dónde me arrojarán con el siguiente paso.

¿Esta sensación no les resulta familiar? Me refiero a sentirse completamente absorbidos por la decisión inminente sobre el próximo movimiento. Porque yo me animo a extrapolarla a cualquier juego donde haya acción, sea fútbol, rugby, básquet, o cualquiera de los tradicionales, tanto como el Counter Strike,  y todos aquellos que se juegan con una computadora. Creo que amamos tanto los juegos de acción porque van más rápido que nosotros, y nos sumergen en un estado mental donde todo el resto desaparece, donde quedamos solo nosotros y una decisión que tomar: dar un pase, picar para este o aquél lado, un estado mental donde me quedaría para siempre.

Ensayo sobre la montaña (parte 1)

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Por tercera vez repaso la lista mental que contiene, o al menos hace el intento de contener, porque este tipo de listas puede tender al infinito y uno debe usar la experiencia y el sentido común para acotarlas, todas las cosas que necesito para sobrevivir algunos días en la montaña, sin la disposición de un supermercado a media cuadra. De todos modos, soy consciente de que a esa lista le faltan más cosas que las que el sentido común permitiría, porque eso siempre pasa, pero el propio sentido común no me las señala ahora, guardándoselas egoístamente como una sopresa maldita para el momento en que más las necesite y menos las pueda obtener. El desarrollo de esta lista mental implica la previsión de los posibles sucesos y contingencias, y luego la elección de armas para enfrentarlos, dos tareas que te posicionan como el único responsable de tu propia supervivencia, y te independizan de cualquier ayuda maternal o conyugal prestada en el día a día. A modo de ejemplo: un posible suceso es un almuerzo, el posible acá se usa por simple rigor, porque la realidad es que solo existe la posibilidad que almorcemos, no la certeza, y un arma para luchar este suceso sería una lata de atún. Algunos pensarán figurativamente:  “este para elegir el arma no tuvo en cuenta que la pólvora ya fue inventada”, pero la triste realidad para los alérgicos al pescado es que el atún, a pesar de toda su humildad en lo que a sabor se refiere, quizá más humildad de la necesaria para ser apreciada como valor, tiene dos características esenciales para el caminante de la montaña: no se echa a perder y es fácil de servir. La posesión de estas 2 características lo hace blanco de ataque de toda la imaginación culinaria de quien a la montaña vaya, resultando de las intrincadas elaboraciones imaginarias platos exóticos como: atún al plato, galletitas con atún y su variedad más codiciada, galletitas con atún y limón. De más está decir que los platos no son para nada exóticos, lo que no sé si será por falta de imaginación o falta de armas, pero el resultado es que el atún satura la capacidad de ser aceptado e inspira frases como: “no pruebo atún nunca más en mi puta vida”. Sobre este hecho quiero destacar la necesidad humana de variedad, siempre culinariamente hablando. De algún modo la biología humana impone un límite para la cantidad ingerida de un alimento en particular. La necesidad humana de variedad se puede extrapolar a otros ámbitos también, el ámbito del entretenimiento, por dar un ejemplo, pero ojo, hay ámbitos en los que practicar la variedad puede sacar a luz aspectos personales que muchas veces es mejor no conocer. Qué mejor ejemplo de esto que el caso del hombre casado con hijos que conoció un traba y se hizo puto, destrozando a su familia entera.

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