Por tercera vez repaso la lista mental que contiene, o al menos hace el intento de contener, porque este tipo de listas puede tender al infinito y uno debe usar la experiencia y el sentido común para acotarlas, todas las cosas que necesito para sobrevivir algunos días en la montaña, sin la disposición de un supermercado a media cuadra. De todos modos, soy consciente de que a esa lista le faltan más cosas que las que el sentido común permitiría, porque eso siempre pasa, pero el propio sentido común no me las señala ahora, guardándoselas egoístamente como una sopresa maldita para el momento en que más las necesite y menos las pueda obtener. El desarrollo de esta lista mental implica la previsión de los posibles sucesos y contingencias, y luego la elección de armas para enfrentarlos, dos tareas que te posicionan como el único responsable de tu propia supervivencia, y te independizan de cualquier ayuda maternal o conyugal prestada en el día a día. A modo de ejemplo: un posible suceso es un almuerzo, el posible acá se usa por simple rigor, porque la realidad es que solo existe la posibilidad que almorcemos, no la certeza, y un arma para luchar este suceso sería una lata de atún. Algunos pensarán figurativamente: “este para elegir el arma no tuvo en cuenta que la pólvora ya fue inventada”, pero la triste realidad para los alérgicos al pescado es que el atún, a pesar de toda su humildad en lo que a sabor se refiere, quizá más humildad de la necesaria para ser apreciada como valor, tiene dos características esenciales para el caminante de la montaña: no se echa a perder y es fácil de servir. La posesión de estas 2 características lo hace blanco de ataque de toda la imaginación culinaria de quien a la montaña vaya, resultando de las intrincadas elaboraciones imaginarias platos exóticos como: atún al plato, galletitas con atún y su variedad más codiciada, galletitas con atún y limón. De más está decir que los platos no son para nada exóticos, lo que no sé si será por falta de imaginación o falta de armas, pero el resultado es que el atún satura la capacidad de ser aceptado e inspira frases como: “no pruebo atún nunca más en mi puta vida”. Sobre este hecho quiero destacar la necesidad humana de variedad, siempre culinariamente hablando. De algún modo la biología humana impone un límite para la cantidad ingerida de un alimento en particular. La necesidad humana de variedad se puede extrapolar a otros ámbitos también, el ámbito del entretenimiento, por dar un ejemplo, pero ojo, hay ámbitos en los que practicar la variedad puede sacar a luz aspectos personales que muchas veces es mejor no conocer. Qué mejor ejemplo de esto que el caso del hombre casado con hijos que conoció un traba y se hizo puto, destrozando a su familia entera.
Ensayo sobre la montaña (parte 1)
March 9, 2009
Uncategorized independencia, montaña, turismo 2 Comments
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