Estoy apoyado sobre la barra en Sobremonte, un boliche marplatense. Son las 8 am y hace rato ya que el sol no deja esconder los efectos de una noche de fiesta: ojos rojos, pinturas corridas.

Mientras observo un poco el entorno, un grupo de fanáticos de Rosario Central empieza a entonar una serie de cánticos que se dedican mucho más a provocar a su archirival Newell’s Old Boys que a realzar la grandeza de su propio club.

Minutos más tarde, como no podía ser de otra manera, se arma un grupo de fanáticos de Newell’s Old Boys, que responde a la provocación con versos lo más agresivos posibles.

Hasta acá nada se desvía de sus carriles. El fanatismo es parte de la cultura, es parte de la identidad de muchas personas. Así como muchos nacidos en Argentina están dispuestos a dar su vida por su patria, muchos canallas, o leprosos, como se les llama a los hinchas de Central y Newell’s respectivamente, viven los altibajos de sus clubes como propios, llorando de alegría si ven a su club campeón o llorando de tristeza al ver a su club en una mala situación.

Y cuál es la parte más divertida del fanatismo, o al menos una de las más? Provocar al rival, verlo caído y patearlo. La competencia, la provocación corren por nuestras venas. Por esto digo que hasta acá viene todo según lo esperable.

Sé que este juego se puede transformar en violencia, y que puede salir mal, pero es así, no hay con qué darle. De todos modos lo usual es que no pase nada, así que la estadística nos da motivos para no preocuparnos, aunque la tensión vaya más allá de la estadística, y algo nos terminemos preocupando.

Cortando mi hilo de pensamiento, se acerca un tipo de unos 27 años lanzando al aire una frase con actitud soberbia, teatralizada con un poco de lástima e indignación:

-Estos rosarinos qué hacen en los boliches? Encaran minas o se dedican a cagarse a piñas? Ay, ay, ay, estos provincianos.

Ni bien esta persona termina de formular su frase, creyendo provocar reflexión y acuerdo unánime, sin saber que todas las personas que lo rodeaban eran rosarinos, se me cruza por la mente primero una palabra en inglés: FAIL, cuya traducción literal es fracaso, aunque en inglés viene aparejada con un sonido y un uso que son más apropiados para este caso, y luego una palabra en castellano: BOBO.

De más está decir que el fanatismo de los rosarinos que rodean a esta persona tarda muy poco en comérsela viva y la palabra BOBO se justifica con esto solo, pero igual yo me dedico a refinar porqué esta persona realmente se merece esta palabra.

Como dije antes el fanatismo es parte de nuestra identidad, y está bueno, a mi me gustaría ser fanático de algún club, pero no me sale. Sé que tiene sus inconvenientes, pero esto es culpa de unas pocas personas, no de todas, y no veo porqué esta persona puede tener el derecho de desmerecer a los fanáticos. Entonces esta persona para mi ya es un BOBO por juzgar a los fanáticos.

Pero bueno, es una cuestión de opinión el decidir si es mejor cantar una canción de un club que encararse una minita, así que dejemos el argumento anterior a un lado, démosle un poco de aire al sujeto.

Imaginemos que una persona ve la propaganda del chocolate milka, con una vaca pintada de violeta y saca la conclusión de que todas las vacas son violetas. Eso, damas y caballeros, es un razonamiento completamente inmaduro, una conclusión por demás de precipitada, y esa persona se merece sin ningún tipo de defensa el adjetivo BOBO.

Acá aplica exactamente la misma lógica, una persona ve 10 rosarinos y saca una conclusión sobre el millón que habitan la ciudad. Con el razonamiento de esta persona yo podría decir que todos los porteños son unos bobos, pero no lo hago, porque sé que seguramente haya porteños mucho más piolas y vivos que yo.

Habiendo defenestrado a este porteño pelotudo, me voy a poner serio un poco y voy a dedicarme al motivo más importante que me puso a escribir estas líneas: las etiquetas.

Las conclusiones precipitadas están todos los días en nuestro lenguaje y en nuestras opiniones en forma de etiquetas. Cuando decimos que los abogados son unos chantas, que los porteños son unos creídos, que los ingenieros son aburridos, etc, estamos metiendo en la bolsa a muchas personas que no se lo merecen.

Soy consciente de que en muchos casos hay tendencias estadísticas que pueden respaldar alguna etiqueta, hasta incluso la misma historia puede tener este efecto, pero no debemos olvidarnos que si usamos esta etiqueta, sin importar en qué nos basemos para respaldarla, estamos juzgando a PERSONAS. Y una persona se merece más que una tendencia estadística para ser juzgada, se merece mucho más que eso.

Y quiero ir aún más lejos con este tema. Creo que incluso las etiquetas individuales son conclusiones precipitadas dañinas, cuando calificamos a alguien de tarado, de loco, de inútil, le estamos quitando la oportunidad de un juicio limpio de prejuicios, un elemento vital para poder realmente escuchar o entender al otro, acciones que cualquiera se merece por ser persona. Además no debemos olvidarnos que las personas están en constante cambio, y que una idea del otro válida en un momento puede quedar obsoleta de un momento para el otro.

Ya no soy el mismo que era cuando empecé a escribir estas líneas.