-¿Hola?- Atendí el celular con una cavernosa voz de dormido. Vergonzosa, pero imposible de esconder apenas se amanece.

-¿Qué hacés pajero? Son las tres de la tarde, un horario oportuno para llamar a cualquier persona decente, bah, no sé, me pareció, tal vez me equivoque.- Terminó la frase con una humildad fingida que invitaba una puteada.

-¿Dale gil, qué querés?- Mi voz seguía estrepitosa, pero ya no me incomodaba.

-Levantate y cambiate que me invitaron a una charla para hacer un negocio, me dijeron que lleve un amigo y pensé en vos, ¿no es tierno?- Remató con un aire afeminado.

-Sí marica, ésta es tierna. Pero pará, ¿qué onda?, contame un poco más que vos sos un peligro- La idea del negocio la vi media turbia, ¿en qué andaría este Brunito? Por eso reclamé un poco más de información, siempre con la provocación a mano, como un as en la manga, para teñir cualquier insulto, pedido o queja de un color familiar, divertido.

-¡No jodás!- Protestó Bruno.-Te paso a buscar en un rato, ponete lindo, con trajedia y todo.- No me dejó lugar a réplica, cortó ahí nomás. Lo que me faltaba, pensé, salir con traje a las cuatro de la tarde a cocinarme como un pollo al disco en el calor abrasante del verano Rosarino. Pero no me quedaba otra, el desempleo me tenía preso en su devenir lento, exasperante y primordialmente pobre, así que me afeité, elegí mi mejor traje, el único a decir verdad, y mientras esperaba a Brunito me entretuve haciendo suposiciones sobre la posible naturaleza del negocio.

La reunión tenía lugar en lo que parecía el living-comedor de un departamento de familia, de paredes blancas, solo que desprovisto de muebles, conteniendo únicamente algunas sillas plásticas negras en semicírculo, encerrando un plasma de cuarenta pulgadas y una pizarra. Cuando llegamos, todos los lugares estaban ocupados a excepción de los reservados para Bruno y yo. Al entrar, mi fobia social estimulada al éxtasis por las miradas de un gentío desconocido embotó mis sentidos, y solo consintió, en dejarme prestar atención a mis próximos pasos para llegar ileso a mi silla, ni pensar en observar la audiencia. No había terminado de acomodarme, que un hombre de complexión normal, pero trajeado con esmero, se paró en el medio del semicírculo y se dirigió con entusiasmo a los oyentes.

-Bueno, arranquemos, antes que nada ¡muy buenos días! Sé que probablemente estarán pensando con qué me va a salir este ahora. Quiero que sepan que yo ya estuve de su lado, y también viví esa inquietud, esa curiosidad mezclada con ilusión, así que tranquilos. Pero escuchen con atención, porque esta charla les puede cambiar la vida.- En este punto el orador hizo una pausa, intentando que la idea se propague por la sala embriagándonos. Pero mi coraza de escepticismo me mantuvo intacto, de hecho se intensificaron mis dudas, tensando mi estado de alerta, como un perro guardián que escucha un ruido y para las orejas, listo para morder al intruso. Me resultó una afirmación por demás de pretenciosa, dejándome al borde de la calificación categórica de “este es un chanta”.

-Voy a proponerles un negocio.- Continuó con ese aire de verdades reveladoras tan característico de los vendedores, que en mi caso provoca una sensación de espantosa desconfianza y una acidez de repugnancia que me sube hasta la boca.

-Pero, ¡ojo!, este no es un negocio común. Acá no van a tener techo, ¡van a poder crecer tanto como les deje su actitud!- En medio de un brote de iracunda impaciencia, deseé que el hombre este afloje con el dulce para oídos fáciles y pase a los detalles técnicos, los que me permitirían juzgar libre de prejuicios la factibilidad de la empresa. Al mismo tiempo busqué cómplices en la audiencia, con los que una mirada seguida de una sonrisa bastaría para acompañarnos en nuestra silenciosa pero turbulenta intranquilidad, quizá incluso relajando nuestro nerviosismo en cierta medida, pero me encontré con miradas absortas, perdidas en quién sabe qué tipo de ensoñación. Destacaban entre las cabecitas los ojos brillosos y la sonrisa apenas dibujada, esa sonrisa que sale desde el alma, que no precisa gasto alguno de la conciencia en el tensado de músculos, de una mujer rondando las cuatro décadas. Vi en esos ojos ilusión, y sin saber porqué intuí una desesperada necesidad que difícilmente sería satisfecha, y también sin quererlo volví a odiar al orador. También captó mi atención un señor de considerables dimensiones, tupida barba y vestimenta desprolija, que mascullaba como en un trance de indignación y odio palabras inconexas. De dónde lo sacaron a este, pensé.

-La cosa es así,- prosiguió el orador haciendo un hábil uso de la informalidad, intentando ganarse la confianza que un gran amigo puede tardar días, meses, o incluso años en lograr, en menos tiempo de lo que dura una oración, antes incluso que el sonido de las afables palabras completasen el intrincado camino hacia el entendimiento.

-Ustedes se van a convertir en distribuidores INDEPENDIENTES de un producto que NO SE COMERCIALIZA en el mercado directo.- Al decir esto, el disertante dejó que la palabra “independiente” y la frase “no se comercializa,” flotaran en el espacio y el tiempo, haciéndose esperar, y como una mujer podría dar fe de la artimaña, haciéndose desear. Y lo que para algunos puede haber sonado como una oportunidad única, porque claro, si no está en el mercado hay menos competencia, en mi provocó el efecto inverso, porque no tan claro, pero si no está en el mercado directo por algo debe ser, y seguramente el motivo no sea la falta de ganas de algún capitalista de hacerse de más dinero.

-Y el negocio NO termina en la venta del producto. Porque ustedes van a cobrar TAMBIEN una comisión por las ventas de los distribuidores que ustedes consigan. Es por esto señores y señoras, que este negocio NO tiene techo.- La forma de hablar del orador, deteniéndose en ciertas partes del discurso, acompañando las pausas con una sonrisa de complicidad y un levantar de cejas, como si acabase de decir una verdad fundamental, original y reveladora, como si este momento se transformaría inapelablemente en una bisagra en nuestras vidas, dejando atrás un pasado mediocre para saltar a un futuro brillante, terminó por inflarme las pelotas, por decirlo de una manera algo vulgar pero contundente. Además, dejando mi sentimiento inevitable de desprecio a un lado, mi razón se encargó por cuenta propia de ponerle un techo ineludible al negocio, el avance fatal e implacable de la progresión geométrica harían que si una persona tiene diez distribuidores y esos otros diez cada uno, y esos otros diez cada uno, y así sucesivamente, en seis niveles se tendrían un millón de distribuidores. Un millón de personas hay en Rosario, y en el caso ínfimamente posible pero confundido casi con la total improbabilidad  de que todas las abuelas, tacaños, niños, cristianos, judíos, orientales, linyeras y ladrones que cohabitan la city se conviertan en distribuidores del producto, que valga decir que todavía se desconoce su naturaleza, la pulpa jugosa del negocio iría a parar a las manos de unos pocos, que en los primeros niveles estén lo suficientemente arriba como para pisotear sin vergüenza las suficientes cabezas, e incluso para ellos existiría el techo, algo más alto tal vez, como en las casas antiguas, pero tan real y tan vigilante como un faro, que ni durante la más borrascosa de las tormentas quita el ojo luminoso de las inmensidades del océano.

-Y ahora, todos deben estar preguntándose, y qué es lo que hay que vender, miren el siguiente video con atención, y sean testigos de una revolución en el mercado.- Dicho esto el orador apagó las luces y encendió el plasma, que ahora se convirtió en el centro de miradas expectantes iluminadas tenuemente por la luz de la pantalla, dando un aire espectral a la sala, un aire surreal. El silencio de la casi oscuridad estaba cediéndole la palabra a un señor de piel tostada, que apenas había hecho su aparición en la pantalla,  cuando el señor grandote que hace un ratito vimos protestando en voz baja comenzó a hacerse oír entre sollozos, cortando las palabras ahí cuando la respiración, agitada por la ola de emociones, súbitamente toma una bocanada de aire en un esfuerzo desesperado por no ahogarse en la desdicha.

-Basta.. Por favor.. Basta.. No importa el producto.. Estos tipos hacen todos lo mismo.. Te venden ilusiones.. Te venden la ilusión de un auto nuevo.. De unas vacaciones en un lugar lindo.. Del respeto que tu hijo te perdió hace tiempo.. Y a cambio.. ¡Te roban la vida!.. Para mi esposa empezó como un hobbie.. Ni me acuerdo qué era lo que le daban para vender.. Creo que eran unos productos de limpieza.. Me acuerdo que una vez.. Lo ofreció en una reunión familiar.. Todos nos reímos.. Ella también.. Pero poco a poco fue cambiando.. Las reuniones con el resto de los distribuidores eran cada vez más seguido.. Ella llegaba a casa.. O súper contenta.. Pregonando que con actitud se podía.. Eso le decían.. Cuando vendía un producto.. O destrozada e histérica.. Cuando no lograba venderle a nadie.. Al final el distanciamiento era insoportable.. Su mirada estaba perdida.. Un día llegó y me dijo que me dejaba.. Que yo no creía en ella.. Que no me preocupaba su futuro.. Que se iba con un colega distribuidor.. Un tipo con ACTITUD.. Así como a mi.. Perdió a sus mejores amigas porque no le compraban.. Apenas si se habla con su familia.. Y no sigo porque.. No quiero llorar.. Pero háganse un favor.. Y váyanse de acá.. Lo antes posible..

La audiencia, y me incluyo, miraba atónita la declaración inesperada de este señor. Y antes que la nube de ideas recién escuchadas lograse desatar una lluvia imborrable sobre las ilusiones creadas en un principio, el orador intervino.

-A veces es duro decirlo, pero en la vida hay ganadores y perdedores. ¿Ustedes de qué lado quieren estar?- Y la señora de ojitos brillosos volvió a sonreír, olvidándose de aquél señor, volviendo a soñar despierta.