Raulio miraba desorbitado la multitud de familias que se divertían en el parque. A pesar de contar ya con más de dos décadas, esta era la primera vez que visitaba a sus “primos de ciudad”, como el solía nombrarlos.
Accedió a ir luego de centenares de invitaciones, pero no fue la insistencia la que lo convenció, tuvo un sueño en el que se vio rodeado de familiares recibiendo la navidad y no se atrevió a interponerse a la voluntad divina. La religión era muy importante en su bagaje desordenado de ideas. La misa del domingo era un obligado y la biblia era el único libro en su biblioteca. Muchos ortodoxos podrán cuestionar su manera particular de interpretar la palabra del señor, pero lo cierto era que Raulio respetaba a Dios por sobre todas las cosas.
Los primos de ciudad eran dos familias con hijos rondando la edad de Raulio. Decidieron llevarlo a la plaza porque ese día estaba la feria americana, un espectáculo en sí mismo.
Raulio no podía con su desconcierto porque acostumbrado a su pueblo natal y al trabajo siete días semanales no entendía qué hacían tantas familias libradas al paso del tiempo sin responsabilidades y menos aún arropados en tantas variedades de vestimenta, y tan distintas de sus eternas bombacha y camisa.
Rompiendo algunas horas de silencio, Raulio increpó a su prima Josefina, estudiante de psicología de veinte años:
-Prima, me acompañas a dar un paseo?
La prima, boquiabierta pero entusiasmada por la súbita decisión de su primo de pueblo, accedió con una sonrisa:
-Dale, vamos y te muestro los productos de los artesanos.
Raulio no presentaba interés alguno en observar los trabajos de esos tipos desalineados. Se le escapó la invitación a su prima involuntariamente luego de que asomó debajo de su blusa algo más de piel blanca que lo acepado por los códigos de decencia. Entre las variadas e inconexas interpretaciones de la palabra del Señor, Raulio tenía claro que Dios quería que haya amor en el mundo, y una de sus características personales más admiradas por si mismo era su gran capacidad para brindarlo.
Apenas se separaron del grupo, Josefina arrancó la charla.
-Así que nunca saliste de tu pueblo? Cómo es la vida ahí? Me imagino que toda esta cantidad de gentes y colores son algo nuevo para vos.- La exaltación de la prima era evidente, se le hacía difícil contener las palabras, y Raulio mientras escuchaba pensó que bien le vendría una montadita a esa yeguita.
-É verdá, eta e la primera vé que dejo la casa. Trabajo tó el día mientra haiga lú.- La prima notó un castellano medio venido a menos, pero había en los ojos de Raulio una seguridad inhabitual. –Quién son toa esa gente sucia vendiendo cosa? No dan gana ni de acercarse a mirá.- Raulio, a pesar de ser de campo, donde a veces cuesta diferenciar polvo y aire, tenía una concepción rigurosa de la pulcritud a la hora de realizar transacciones comerciales, su patrón había sido claro. Cuando haya clientes hacete humo, para vender hay que estar lindo y perfumado, le recalcalcaba de tanto en tanto.
Josefina, una idealista pro amor y paz, retrucó en defensa de los hippies de la feria pero sin descuidar su relación con su primo, que en su primera opinión visible se mostró algo retrógrado e intolerante. –Bueno, pero por ahí tienen cosas lindas, vamos a ver.
A Raulio el tono de voz de la prima lo estimuló en un modo particular y olvidándose de las lecciones de comercialización enfiló hacia un puesto que ostentaba facas y cuchillos.
Observando los cuchillos con una mirada experta, y sin necesidad de tocar el metal en ningún momento, luego de unos instantes de reflexión dictaminó: -Eto no corta ni mierda.
El vendedor, un rastafari desalineado y desprolijo, hizo algunos cálculos mentales con la velocidad que le permitieron sus castigadas neuronas y llegó a la conclusión que no podía estar alucinando, hacía ya rato que se había prendido el último fasito. Aún así pensó en la posibilidad bastante razonable de un delirio espontáneo, causado no por la ingesta de alguna sustancia tóxica en particular, sino por la acumulación de ellas a lo largo del tiempo, que poco a poco pero irreversiblemente van barriendo las conexiones cerebrales. Por las dudas contestó: -Cómo dice amigo?
Raulio recordó el sermón sobre las drogas en la sociedad y asoció rápidamente este vendedor despreciable con la decadencia de valores sobre la que el padre de la parroquia había hablado. Un sentimiento de repugnancia y odio le hirvió la sangre y se lanzó en una perorata iracunda e inesperada. –Eso que dije vagoemierda, porqué no te conseguí un trabajo de verdá y te va a laburá, mirate ahí to echao y con lo seso embobao. Vergüenza tené que tené.
Rápidamente se formó un tumulto de gente alrededor del puesto de cuchillos, y Josefina no atinaba a ningún tipo de reacción, se había quedado muda. Sintió una sensación en la que se entremezclaban miedo y sorpresa. Mi primo está mal de la cabeza, pensó, pero no pudo evitar sentir algo de afinidad con su idea sobre el hippie, y se odió a si misma.
El vendedor también estaba en estado de shock, pero él debía contestar de algún modo el agravio, y esta era una de esas situaciones en que la reacción no pasa para su aprobación por la mente, sino que se programa y ejecuta independiente de la posible opinión que uno pueda tener. Unas gotitas empezaron a aparecer en el pantalón del rastafari, primero provocando algunas manchitas y por último un importante manchón oscuro en el pantalón de hilo que terminó tibio y humeante en las ojotas del pobre tipo.
Raulio explotó en una risotada, no se le conmovió ni un pelo por la embarazosa situación del hippie y continuó el ataque: -Miralo vó, un nene meón, me parece que a vó te falta calle, mucha sustancia tócica pero poco seso, la mugre esa que tené encima no sé de onde salió, si vó no debé salí de tu casita. –Estaba desbocado, la verborragia le brotaba directamente desde su maraña de convicciones y su instinto peleador, para colmo algunas viejas del tumulto asentían con cada palabra y empezó a disfrutar un goce maligno por la situación. Josefina no sabía dónde meterse, ni se le cruzó por la cabeza plantársele al primo, no era previsible para dónde podía salir disparado el animalito ese.
Por suerte para la prima, de la muchedumbre comenzó a oírse una voz fuerte y clara acompañada con ademanes pronunciados, una de esas voces nacidas para agitar peleas, para insultar a un árbitro, voces que no se dicen, voces que se escupen con una fuerza inusitada. El hombre hablaba como inspirado por una filosofía elevada.
-Hay razón en el muchachito este,
que aunque le falte educación,
conoce más que la peste.
Perdonen si a alguien ofendo,
pero estas ferias son horribles,
está lleno de despreciables,
veo a pocos trabajando.
Te venden productos únicos,
pero son todos iguales,
como salidos de multinacionales,
comprarlos es cosa de locos.
Una mujer de considerables pliegues de grasa atribuibles posiblemente a una vida sedentaria de mucho mate y medias lunas gritó enardecida pero con un tono algo sarcástico desde el puestito contiguo al del rastafari, -Qué hablás vos boludo! Mi hermano se mueve a tu esposa!
Josefina trataba de calificar a los personajes según su desorden mental, pero aprovechó las risas que siguieron a la acusación de la señora para alejar a su primo del barullo. Lo logró con el más hipócrita fabricado -Vení Rau, vamos a ver otras cosas.- Teñido con una voz de niña que hacía la propuesta innegable. Los instintos más carnales y turbulentos del campesino se activaron de un momento a otro desterrando al olvido la ira y el odio de instantes atrás. Ahí nomás, en el medio del despelote, la abrazó desde atrás y le empezó a dar besos en el cuello. Acostumbrado a las pueblerinas más traviesas y provocadoras, confundió los manotazos de la prima con desafíos pidiendo más rigor, también se le entreveró un salí con un seguí y ya no había qué pudiera devolverlo a una persona razonable.
Josefina se resignó al abrazo, sintiéndose protegida bajo la fuerza maciza de su primo y empezaba a disfrutar los besos en el cuello cuando un golpe de termo en la cabeza tumbó al primo de boca al suelo. –¿Estás bien nena?- Preguntó la gorda del puestito.
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