Sonó el teléfono, atendí y pasaron unos momentos hasta que el nombre de la voz femenina se apareció ante mi como una revelación. Me llevé una grata sorpresa al descubrir que era ella, no podía recordar la última vez que nos habíamos visto y su dulce voz me hizo víctima de una ráfaga de emociones. Con Sofía habíamos sido mejores amigos gran parte de la juventud y por esos motivos que uno nunca termina de comprender fuimos perdiendo el contacto gradualmente hasta que dejamos de frecuentarnos. Pero la conexión verbal fue espontánea, años de charlas no se pueden olvidar y se hicieron evidentes en la naturalidad de la conversación. De todos modos la charla fue breve, me llamaba para invitarme a tomar unos mates con facturas a su nueva casa y así poder rememorar viejos tiempos y hacer intercambio de novedades. También me preguntó si tenía hijos y cuando contesté que sí, un varón de seis años, me pidió como una nena que quiere un caramelo que por favor lo lleve. ¿Cómo decirle que no? Sofía tenía una chispa especial, nunca conocí a alguien que le desagrade, dejando de lado envidiosas sin remedio, siempre generosa con su sonrisa, siempre mirando el vaso medio lleno. Tampoco conocía a alguien que le haya negado un favor, y yo no fui la excepción.

Era un día frío, la nieve caía copiosamente, hacía rato ya que había pasado el mediodía y de a poco la luz iba cediéndole el paso a esa tenue visibilidad que tiñe las formas de misterio. Con Fede, mi nene, nos abrigamos hasta las orejas y salimos para lo de Sofía. Ver su hermosa casa desde afuera, con las luces interiores irradiando calidez en un día de nieve como ese, me encendió una sensación de felicidad, la quería mucho y me alegraba por ella, no podía esperar por escucharla. Cuando abrió la puerta, me arrojé hacia ella de brazos abiertos, y la primera sorpresa me atacó cuando mis brazos rodearon su cuerpito y el tacto hizo evidente que Sofi estaba mucho más flaca de lo que ya era. Estás muy flaca, dije sin poder evitar un tono de consternación en mi voz. Cuando sonrió como restándole importancia al asunto también noté que su risa no emanaba la misma intensidad que antes, pero realmente empecé a preocuparme cuando levanté la mirada y vi sus ojos, allí donde habían habitado dos esferas implacables, tan seguras de sí mismas, tan desafiantes, solo quedaban dos pelotitas débiles, vulnerables, que por lo menos arruinaban mis expectativas de un brillante presente de Sofía.

La imagen de calidez de la casa se me apagó apenas entramos. Adentro el ambiente era frío, las brasas del hogar perdían el duelo contra las grandes dimensiones del ambiente. Lo mismo les pasaba a los muebles, que se perdían en la vastedad y no alcanzaban a imponer su presencia. Todo esto, junto a los sonidos que se ahogaban antes de ni siquiera nacer, hacía imposible no sentir el más milenario de los avatares de la condición humana: la soledad. En el momento no me percaté de ello, pero a partir de allí mi espontaneidad se vería lastimada por un sentimiento inevitable de condescendencia. Mis observaciones de la casa se vieron interrumpidas cuando casi tropiezo con una chiquita de la altura de Fede que salió de no sé donde. Tampoco sé porqué instantáneamente la abracé fuerte y la levanté en brazos, los nenes no son mi fuerte, supongo que fue la fuerza del sobresalto. De todos modos la chiquita, a través de un remolino de puñetazos y patadas rápidamente me hizo notar que la estaba pasando mal, así que tuve que bajarla. Tiene 6 años, como Fede, me dijo Sofi, ¡dejemos a los chicos y charlemos un rato!, terminó entusiasmada. Dejamos a las criaturas en la habitación de la nena y nos ubicamos cómodamente en los sillones del living room.

Las palabras le salían a borbotones en una fusión indetectable entre ira, tristeza y sarcasmo, y agravaban mi desconcierto: ¡No puedo creer cómo terminé!, ¿qué me pasó?, ¡me da vergüenza hablar con mis amigas! ¿Sabés que es lo único que hago? No querés saber, dejé atrás todos nuestras ideas de cambiar el mundo, de crear un mundo con igualdad de oportunidades, ¿sabés que hago? Compro, me la paso todo el día comprando, en los locales del shopping me ven venir y se asoman a saludarme, y no porque les caiga bien, sino porque les paso la tarjetita, este es el segundo año consecutivo que salgo mejor clienta de Master Card. ¿Y te preguntás cómo empezó todo? Con el hijo de puta de mi marido. No lo conocés, y bien por vos. El tipo es actor. Cuando nos conocimos me pintó el mundo de rosas, me dijo que me iba a llevar a recorrer el mundo, me acuerdo su primer chamuyo, te voy a llevar a Venecia, ¿y sabés a dónde me llevó? Al laguito del parque. Debe ser que soy medio masoca, siempre me gustaron los forritos, pero este me está matando, y el tipo sí vive de viaje, la pasa bárbaro, pero en vez de llevarme a mi se debe conseguir alguna putita. Si no fuera por la chiquita no sé mirá, escuché de unos métodos para decir chau mundo que ni te enterás, palo y a la bolsa, pero que por favor nadie me escuche. Y la nena para colmo no para de hacer kilombo, no pasa una semana sin que me llamen de la escuela para decirme que la nena prendió fuego un aula o ahorcó a una de sus compañeritas. Quiero creer que es de traviesa y no que está más loca que una cabra, como la vieja. Terminó soltando una risita que desató un llanto incontenible. En un instinto casi animal me acerqué a ella y la abracé tanto como pude. Sin tener la más remota idea sobre qué decir a continuación, le propuse ir a ver a los niños en un intento de teñir el momento de alegría.

Al llegar a la habitación de la nena, me impactó el riguroso orden que regía en la habitación, las muñecas sentadas prolijamente en la repisa, niguna prenda en el piso que sugiera la presencia de una chiquilla alborotada, las paredes de un blanco prístino sin los típicos dibujos de una nenita con la imaginación en pleno florecimiento. La nena se encontraba de rodillas de cara a la ventana y mientras peinaba en un ritmo suave una de sus muñecas le decía con una compenetración algo preocupante: nos tenemos que portar bien así mamá no nos reta, ¿no Barbie?. Cuando empezaba a respirar un aire extraño en la situación, caí en la cuenta que Fede no se encontraba en el cuarto. Tratando de disimular mi incipiente nerviosismo, iba a preguntarle a la chiquita por él, pero Sofía se me adelantó corriendo hacia ella y gritando dónde está Fede en un modo exaltado e inquisidor. La niña respondió al grito enmudeciendo y mirando hacia abajo, lo que generó en su madre un destello de furia que se tradujo en un zamarreo violento. Mi nerviosismo, ahora mezclado con aturdimiento debido a la imagen que tenía ante mis ojos, me impedía emitir sonido y eliminaba cualquier intención de intervención. Cuando no pude soportar más estar ahí parado inmóvil, me lancé hacia ellas, separé a Sofía en un movimiento brusco pero certero y con la voz más cariñosa y paternal que me permitía el momento le pregunté a la chiquita por Fede.

No sé, no me dijo, me contestó en medio de un lloriqueo que de a poco se apagaba. ¿Y por dónde se fue?, fue mi réplica inmediata. La niña señaló la ventana e instáneamente fui presa del terror. A mi hijo le encantaba treparse a todo lo que veía: árboles, casas, monumentos. Pero la nieve y el frío podían burlarse de su habilidad y en un resbalón mandarlo para abajo. Impulsado ahora por el instinto, me asomé rápidamente a la ventana, la nieve me golpeó la cara y la oscuridad de la noche que comenzaba no me dejó ver mucho, decidí salir. Bajé las escaleras a toda velocidad, salí al jardín pero no lo vi por ninguna parte. Grité su nombre con cuerpo y alma pero no aparecía. La impotencia y la preocupación se estaban apoderando de mi cuando vi su campera en la nieve, en dirección a la calle. Unas lágrimas se congelaron antes de mojar mis mejillas, mientras corría hacia la campera que se hallaba boca abajo contra la nieve helada. Cuando llegué a la campera caí de rodillas y el ver que Fede no estaba por un lado me hizo sentir un leve alivio pero por otro terminó de desorientarme. Interrumpiendo mi asombro, de la calle vino una voz risueña pero sarcástica que decía: ¿qué hacés pavo? Parecés un loco, Fede está en el auto, decidí pasar y darte una sorpresa. Cuando reconocí a mi mujer, el alivio se me mezcló con bronca y al final terminé riendo. Llamé a Sofía con el celular y le dije que prepare a la chiquita que las invitábamos a comer, también le avisé que tenía que hablar con ella muy seriamente.