Julio, un veinteañero de casi dos metros, una cabellera llena de rulos y cara de forma redondeada, se está preparando para irse de joda con los amigos. Acaba de ponerse una camisa recién adquirida en una feria de diseño, la camisa tiene aires caribeños, con flores coloridas y algún que otro pájaro también lleno de colores: verdes, naranjas, amarillos. Ahora se mira al espejo y piensa: “Hoy la rompés Julito, no te para nadie. ¡Mirá qué camisa por Dios! Las chicas no se me van a poder resistir. Ya sé, con este chamuyo las mato: Siento que te pusiste la misma camisa que yo, estás llena de flores. ¡No, no te me tirés encima, pará!” Todo esto interpretando imitaciones exageradas frente al espejo y no pudiendo evitar reírse. Continúa elucubrando en su imaginación, siempre actuando para el espejo con movimientos torpes y bruscos: “Sí, hoy no me vuelvo solo. Agarrensé chicas que Julito está hecho una fiera y no ladra, muerde. Estos kilitos no son panza, son el combustible de esta máquina sexual” Termina guiñándose el ojo y practicando una sonrisa que según él no falla en la hora de la conquista. Por último estalla en una carcajada interior y busca las llaves, el celular y lo más importante, la billetera, para dirijirse al bar donde lo aguardan sus amigos. Al cerrar la puerta de la casa, su madre lo interrumpe con un “te quiero” y él la corta en seco con un “dejáte de hinchar ma”.

Al llegar al bar, Julio endereza la espalda y se dirige hacia la entrada en una sucesión de ademanes altaneros. Gira el picaporte y al notar que la puerta no cede empuja un poco más fuerte. Lo distraen los movimientos de una señorita que desde adentro quieren decirle algo. Julio piensa: “¿Ya arranqué?, hoy no me van a dejar tranquilo las chicas”. Se concentra en la puerta que no abre y en un arrebato le da semejante empujón que la puerta cruje, pero no cede, hasta que la señorita de las señales amorosas sale para decirle algo en un tono algo ofuscado: “Dice tire flaco.” Julio pide perdón sonriendo y espera una sonrisa que nunca llega, pero no se molesta por ello. Emprende el desfile hacia la mesa donde se encuentran sus amigos lanzando miradas rapaces hasta que se topa con los ojos negros de una morocha que raja la tierra. No se amedranta ante el contacto visual demostrando que ahí está él, y que no pretende salir vencido de la batalla de ojos. La morocha interrumpe la tensión de las miradas, sonríe y agita su mano derecha como saludando, hecho que Julio no espera y que sus reflejos poco acostumbrados a decisiones ágiles responden con el leve flexionar del codo que inicia cada saludo. Leve flexionar que Julio interrumpe de súbito cuando ve que el verdadero destinatario de las miradas de la morocha acaba de pasar por al lado suyo. Piensa para sus adentros: “¡Qué boludo! Bueno ahora sigo caminando como si nada, no pasa nada”. Pero no puede evitar revisar desesperadamente las mesas que lo rodean para chequear que nadie lo haya visto. En una de las mesas, están sus amigos matándose de la risa.

Al canto resonante de ¡Julio!, ¡Julio!, ¡Julio!, haciendo palmas y golpeando mesas, vasos y botellas, los amigos de Julio le dan la bienvenida. Julio desfila hacia la mesa meneando las caderas y saludando a flashes imaginarios, se compenetra en el personaje, se olvida que el resto del bar lo está mirando, tropieza con una silla desafortunadamente colocada en su trayectoria y evita una caída estrepitosa haciendo malabares con sus piernas. Sus amigos lo saludan sin parar de reír: “¡Gordo personaje!”, “¡Julito querido!”. Ni bien se acomoda, Julio levanta la mano y llama a la moza mientras sus ojos inquietos dan vueltas mirando sin mirar. La moza ya lo conoce y le trae un jarrón al mejor estilo alemán de cerveza tirada, que Julio al compás del aliento popular que dice: “¡Fondo!, ¡fondo!, ¡fondo!”, toma hasta el final no pudiendo impedir que algunos hilos del líquido se le escapen enredándose en su camisa floreada. Las cervezas no paran de sucederse unas a otras animando historias de mujeres, discusiones filosóficas y canciones futboleras. Para cuando Julio decide emprender el camino hacia el baño, sus reflejos ya no son los mismos, y le cuesta mucho caminar sin balancearse peligrosamente. Ya en el baño mira al espejo y dice cual mozo: “Hoy marche una bebita para Julito.” y mientras rompe en risas interrumpe su embriaguez una voz enojada que se filtra de uno de los excusados: “¡Salí de acá flaco!” Y ahí es cuando Julio nota una silueta femenina dibujada en la puerta del toilette.

En el boliche, el grupo de amigos charla ruidosamente junto a la barra. Los flashes multicolores, el volumen de la música que golpea una y otra vez su cuerpo como una maza de guerra, el alcohol burbujeando en su cabeza, sumen a Julio en un todo surreal. En un atisbo de lucidez, una figura femenina se empieza a hacer clara a unos pasos suyos. Fugazmente pasa por su mente una sentencia: “Esta mami quiere un papi”, y se arroja al acecho vorazmente sin calcular previamente distancia, velocidad ni peso. Como resultado, la fémina y la bestia terminan rodando en el piso, y sin entender la magnitud del desatino, Julio dispara: “Así te deseaba, recostada a mi lado”. No alcanza a terminar la frase que la señorita estalla en lágrimas y llega un guardia que tal vez estimulado por algo más que la indigación evidente causada por ver a una dama llorar lo arrastra hasta la salida sometiéndolo a una violencia innecesaria. De cara al piso, Julio está enteramente inmovilizado por la impotencia, que no lo deja levantarse y curiosamente le hace sentir una extraña comodidad en una superficie tan dura como lo es el pavimento. Cuando logra juntar fuerzas para levantarse, al encarar su camino de vuelta a casa, lo primero que hace es sacar su celular del bolsillo. Escribe un mensaje y está por apretar el botón enviar cuando dulce voz viene volando de su costado. “Yo pensaría dos veces en mandar un mensaje a las 5 de la mañana.” Julio sonríe, y le alcanza el celular que dice: “Ma, querés que te compre el diario?” Un “que tierno” de la señorita alcanza para que Julito cumpla su promesa de volver acompañado.

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