Se despertó en medio de la noche con la imagen vívida de la ruleta. Y este hecho no puede ser atribuido al fantasma de la adicción, sino a que Francisco Rabasedas era arquitecto, y la noche de ese mismo día sería inaugurada su obra de mayor importancia hasta el momento: un casino cuya atracción más notable era una ruleta gigante. Tan grande era la ruleta que se decía que en cada número podían caber dos personas recostadas, y corrían los rumores que dos personas efectivamente habían corroborado la veracidad de esa afirmación. Los topógrafos de la construcción habían estimado un diámetro de 25 metros, pero en la obra se decía que su tamaño era comparable con el de un estadio de fútbol. Para  realizar semejante construcción, había sido necesario contratar ingenieros, científicos y arquitectos de todas partes del mundo. En un proyecto de esa magnitud hasta las cosas más impensadas pueden convertirse en un desastre. Imaginen por un momento que la bola marfilada cae fuera de la rueda giratoria, los diarios leerían: “abuela muere aplastada por bola de ruleta”, catástrofe nacional. Por eso es que se requirieron las opiniones de los más expertos en todos los campos. Otro tema que es tan trivial en la ruleta común pero que en este caso requirió estudios de los físicos mecánicos más célebres es el lanzamiento de la bola. No es tarea fácil la de arrojar una bola de un metro cúbico y doscientos kilogramos de peso. Un error en la fuerza imprimida a la bola podría concluir con la vida útil de la cara ruleta y con la carrera de un joven arquitecto de brillante porvenir.

La última semana había demandado de Francisco un esfuerzo sobrehumano. Le costaba recordar la sensación de despertarse habiendo dormido bien. De no ser por su temple imperturbable, no habría podido lograrlo. El terminado de la obra había traído innumerables inconvenientes, como solía suceder, pero uno de los problemas demostró su inigualable paz de decisión: Al probar la ruleta por primera vez, la bola se decidió por caer en el número cero luego de algunos saltitos. Cuando frenó la rueda, se oyó el descorchado de una botella de champagne preparada especialmente para la ocasión y uno de los empleados de la obra arrancó un tímido aplauso que terminó por desparramarse por todas las manos que se encontraban en el lugar. La situación peculiar no apareció hasta después del festejo, cuando uno de los científicos apostadores empedernidos que se habían quedado jugando, lanzó un grito desesperado que nadie logró entender y que un argentino tradujo también gritando: -¡Sale siempre cero! Las caras de todos los presentes no tardaron en dibujar muecas de preocupación, hasta que Francisco dijo unas palabras tranquilizadoras: “Es estadística gente, es muy poco probable que salgan varios ceros seguidos pero puede pasar, no usen más la ruleta que me la van a rayar, quiero que esté perfecta para la inauguración”. El escepticismo de Francisco era moneda corriente en sus obras, siempre pasaba por debajo de las escaleras, entregaba la sal en la mano y no se asustó al ver pasar dos veces el mismo gato negro. Por eso fue que nadie siquiera amagó a poner en duda su dictamen.

Y el día de la inauguración se despertó en medio de la noche con la imagen vívida de la ruleta. En su sueño acertaba el pleno en el número siete y ganaba millones. Resignado a no poder volver a conciliar el sueño, Francisco se levantó de la cama se dispuso a hacer los preparativos para su ritual previo a cualquier inauguración: tener un día de campo con su mujer y sus dos hijos varones. Durante el día disfrutó la compañía de sus más queridos y se olvidó del casino, de la ruleta y de los científicos locos. El fluir de los eventos lo sorprendió ajustándose el nudo de la corbata apenas un rato antes de la inauguración. Al llegar al casino, lo cegaron los flashes, las preguntas de los periodistas, y todo fue una suecesión de imagenes confusas y sonidos distantes, incluso los que salían de su propia boca, hasta que se vio cara a cara con el momento de jalar la palanca que accionaría la monumental ruleta. La primera ronda de apuestas estaba limitada a las celebridades de la ciudad, apostaron el intendente, algunos empresarios, jugadores de fútbol y modelos. La bola cayó pesadamente sobre la rueda pero fue notoria la suavidad con que se desplazó hasta acomodarse en el número cero. Número que nadie esperaba porque lo único que se oyó fue un “oh” colectivo.

La noche prometía un buen rato para todos los presentes, pero al ver caer la bola en el cero Francisco no pudo evitar que unas gotitas humedecieran su frente. Para tranquilizarse se dijo así mismo, “voy a apostar yo al cero, con la suerte que tengo no va a salir”. Y así fue como Francisco apostó la considerable suma de diez mil pesos al número verde. La ruleta giró y determinó que la banca debía pagarle treinta y seis veces su suma apostada. En la hora de apuestas que siguió, el arquitecto se hizo millonario y el casino agotó sus reservas de dinero. Desde que ganó por primera vez, Francisco le había pedido a un mozo que no deje que sus labios se sequen de la champaña más refinada. Tal vez fue por eso que al ver venir a los policías decidió tomar cartas en el asunto de la ruleta y en un delirio concibió que su propio peso podría causar el ajuste de tuerca que le estaba faltando a la maquinaria. Algunos de los que lo vieron arrojarse en la rueda giratoria afirman que nunca habían visto una cara tan defigurada por la bronca y la tristeza, otros dicen que vieron solo un borracho más. Pero la realidad es que aquí terminó la historia de Francisco.
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