Juan y José son amigos de toda la vida. Fueron vecinos con apenas diez años y desde ese entonces cada uno conoce todos los secretos y las motivaciones del otro: ¿qué chica le gusta?, ¿por qué está triste o enojado? Ahora ya tienen treinta, pero sus vidas les permitieron mantener la amistad. Juan es un médico cirujano muy reconocido, José es dueño de una de esas carnicerías en las que siempre hay cola y nunca se sabe si es por el sabor de la carne o el placer de una buena atención.
Juan es uno de esos tipos de los que la gente dice: “a ese no le importa nada.” Fue criado en una casa de costumbres muy sueltas. A sus padres no les preocupaba en absoluto bajar el volumen cuando se encerraban en la pieza, ni escondían el porqué del olor a hierba quemada en el patio. Así creció un Juan sin tabúes. Un Juan que en los boliches no dejaba mina sin encarar, ligando alguna que otra cachetada por algún manotazo desubicado. Un Juan que si el sueño lo atacaba desprevenido era capaz de tirarse un ratito en la vereda, o en clase, o en la cola de un banco. Se puede decir que Juan está más allá de las reglas, que a Juan no le importa nada.
Por otro lado tenemos a José, el buen hombre. Sin ser consciente de ello, y sin tener voz ni voto sobre el hecho, en el instante de la concepción, José firmó un pacto con la tradición. Nació en una familia católica practicante y desde chiquito fue a misa. José siente pudor al hablar de cosas íntimas y no está muy a gusto en presencia de homosexuales. Siempre deseó continuar con el negocio de su padre, mejor conocido como “la carnicería de José,” (sí, su padre se llama igual) y ahora está cumpliendo su sueño, brindando a sus clientes lo mejor de su persona, su humor inocente.
En la relación entre los dos amigos Juan fue siempre el emprendedor, el que toma la iniciativa. Le enseñó a José deportes extremos, tragos exóticos, lugares prohibidos. Muchas veces fueron las que el entusiasmo de Juan fue cortado en seco por la cautela de José. Muchas veces fueron las que Juan volvió a casa en brazos de José.
Hace unos días, Juan volvía del trabajo en su convertible amarillo, cuando en una bocacalle vio que se asomaba un Renault 9 a toda velocidad, y en un segundo toda su vida desfiló delante sus ojos.
Cuando recuperó la consciencia, se encontraba en un hospital, y su primera mirada chocó con una cara contorsionada por un llanto ya seco en ese entonces, la cara era de su mujer, María, que al verlo abrir los ojos no pudo evitar lanzarse hacia él y derramar un río de lágrimas. En un rincón de la habitación, de brazos cruzados, con una cara que hacía todo lo posible por no desarmarse como su interior, estaba José.
Los médicos le informaron a Juan que en el choque había perdido movilidad en las piernas, y difícilmente podría recuperarla. Juan, médico en sangre propia, sabía muy bien el significado de ese comunicado: no más partidos de fútbol, no más noches de desenfreno. Dominado por la impotencia, cerró los ojos y apretó los dientes.
José, ya al tanto de todo, se acercó a su amigo y lo abrazó fuerte, como abrazan los hombres. Sin más, le dijo: -Juan, yo conozco alguien que tal vez pueda ayudarte. Como sabrás, pasa mucha gente por la carnicería, y una de las tantas señoras que pasó me contó de un chino que le había curado unos terribles dolores lumbares a su marido. ¿Quién sabe? Por ahí puede hacer algo. A lo que Juan contestó, en una muestra habitual de sentido del humor, apoyándole la mano en el hombro: -Gracias, Josecito, pero yo no ando en curanderías, si alguien tiene que usar mi cuerpo de puta que sea un médico. José, sin reír, le rebatió: -Hacelo por mi, por favor, mirá si yo te habré seguido a vos.
Estas palabras se filtraron en la intransigencia de Juan, llegando a ese lugar donde se generan las emociones, y en el silencio que siguió, su perspectiva pesimista se vio iluminada por un rayito de esperanza. Y no sabemos a ciencia cierta el porqué, quizá haya sido el instinto, quizá la sensación de deuda con su amigo, pero lo importante es que aceptó la propuesta.
Días más tarde, cuando el chino estaba colocando la última aguja sobre un Juan algo tenso por la situación, el paciente sintió un ejército de hormigas avanzando dentro de su pierna, y lanzó un grito de felicidad.
Ya de vuelta en su vida normal, en una de sus reflexiones de ducha, Juan comprendió que las tradiciones están en todos los ámbitos, no solamente en una religión o en las costumbres de alguna raza en particular, como se entiende en gran parte del imaginario colectivo. En su caso, Juan estaba muy arraigado a la tradición médica occidental y esa postura casi le impide caminar por el resto de su vida. También fue más allá y pensó: -es más, de hecho todas mis costumbres, por más liberales que sean, en gran parte me fueron transmitidas por mis padres, así que forman una tradición también. Juan se dio cuenta del inmenso poder de las tradiciones, que se posan sobre nosotros disimuladamente como un velo invisible y muchas veces atacan nuestra libertad. Luego de haber tenido este pensamiento algo nefasto, se asustó, y para tranquilizarse pensó: -está bien, las tradiciones están en todas partes, y es bueno que estén, proporcionan cierto orden, pero eso sí, lo ideal es ser conscientes de su presencia.
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