Ilusiones: se venden.

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-¿Hola?- Atendí el celular con una cavernosa voz de dormido. Vergonzosa, pero imposible de esconder apenas se amanece.

-¿Qué hacés pajero? Son las tres de la tarde, un horario oportuno para llamar a cualquier persona decente, bah, no sé, me pareció, tal vez me equivoque.- Terminó la frase con una humildad fingida que invitaba una puteada.

-¿Dale gil, qué querés?- Mi voz seguía estrepitosa, pero ya no me incomodaba.

-Levantate y cambiate que me invitaron a una charla para hacer un negocio, me dijeron que lleve un amigo y pensé en vos, ¿no es tierno?- Remató con un aire afeminado.

-Sí marica, ésta es tierna. Pero pará, ¿qué onda?, contame un poco más que vos sos un peligro- La idea del negocio la vi media turbia, ¿en qué andaría este Brunito? Por eso reclamé un poco más de información, siempre con la provocación a mano, como un as en la manga, para teñir cualquier insulto, pedido o queja de un color familiar, divertido.

-¡No jodás!- Protestó Bruno.-Te paso a buscar en un rato, ponete lindo, con trajedia y todo.- No me dejó lugar a réplica, cortó ahí nomás. Lo que me faltaba, pensé, salir con traje a las cuatro de la tarde a cocinarme como un pollo al disco en el calor abrasante del verano Rosarino. Pero no me quedaba otra, el desempleo me tenía preso en su devenir lento, exasperante y primordialmente pobre, así que me afeité, elegí mi mejor traje, el único a decir verdad, y mientras esperaba a Brunito me entretuve haciendo suposiciones sobre la posible naturaleza del negocio.

La reunión tenía lugar en lo que parecía el living-comedor de un departamento de familia, de paredes blancas, solo que desprovisto de muebles, conteniendo únicamente algunas sillas plásticas negras en semicírculo, encerrando un plasma de cuarenta pulgadas y una pizarra. Cuando llegamos, todos los lugares estaban ocupados a excepción de los reservados para Bruno y yo. Al entrar, mi fobia social estimulada al éxtasis por las miradas de un gentío desconocido embotó mis sentidos, y solo consintió, en dejarme prestar atención a mis próximos pasos para llegar ileso a mi silla, ni pensar en observar la audiencia. No había terminado de acomodarme, que un hombre de complexión normal, pero trajeado con esmero, se paró en el medio del semicírculo y se dirigió con entusiasmo a los oyentes.

-Bueno, arranquemos, antes que nada ¡muy buenos días! Sé que probablemente estarán pensando con qué me va a salir este ahora. Quiero que sepan que yo ya estuve de su lado, y también viví esa inquietud, esa curiosidad mezclada con ilusión, así que tranquilos. Pero escuchen con atención, porque esta charla les puede cambiar la vida.- En este punto el orador hizo una pausa, intentando que la idea se propague por la sala embriagándonos. Pero mi coraza de escepticismo me mantuvo intacto, de hecho se intensificaron mis dudas, tensando mi estado de alerta, como un perro guardián que escucha un ruido y para las orejas, listo para morder al intruso. Me resultó una afirmación por demás de pretenciosa, dejándome al borde de la calificación categórica de “este es un chanta”.

-Voy a proponerles un negocio.- Continuó con ese aire de verdades reveladoras tan característico de los vendedores, que en mi caso provoca una sensación de espantosa desconfianza y una acidez de repugnancia que me sube hasta la boca.

-Pero, ¡ojo!, este no es un negocio común. Acá no van a tener techo, ¡van a poder crecer tanto como les deje su actitud!- En medio de un brote de iracunda impaciencia, deseé que el hombre este afloje con el dulce para oídos fáciles y pase a los detalles técnicos, los que me permitirían juzgar libre de prejuicios la factibilidad de la empresa. Al mismo tiempo busqué cómplices en la audiencia, con los que una mirada seguida de una sonrisa bastaría para acompañarnos en nuestra silenciosa pero turbulenta intranquilidad, quizá incluso relajando nuestro nerviosismo en cierta medida, pero me encontré con miradas absortas, perdidas en quién sabe qué tipo de ensoñación. Destacaban entre las cabecitas los ojos brillosos y la sonrisa apenas dibujada, esa sonrisa que sale desde el alma, que no precisa gasto alguno de la conciencia en el tensado de músculos, de una mujer rondando las cuatro décadas. Vi en esos ojos ilusión, y sin saber porqué intuí una desesperada necesidad que difícilmente sería satisfecha, y también sin quererlo volví a odiar al orador. También captó mi atención un señor de considerables dimensiones, tupida barba y vestimenta desprolija, que mascullaba como en un trance de indignación y odio palabras inconexas. De dónde lo sacaron a este, pensé.

-La cosa es así,- prosiguió el orador haciendo un hábil uso de la informalidad, intentando ganarse la confianza que un gran amigo puede tardar días, meses, o incluso años en lograr, en menos tiempo de lo que dura una oración, antes incluso que el sonido de las afables palabras completasen el intrincado camino hacia el entendimiento.

-Ustedes se van a convertir en distribuidores INDEPENDIENTES de un producto que NO SE COMERCIALIZA en el mercado directo.- Al decir esto, el disertante dejó que la palabra “independiente” y la frase “no se comercializa,” flotaran en el espacio y el tiempo, haciéndose esperar, y como una mujer podría dar fe de la artimaña, haciéndose desear. Y lo que para algunos puede haber sonado como una oportunidad única, porque claro, si no está en el mercado hay menos competencia, en mi provocó el efecto inverso, porque no tan claro, pero si no está en el mercado directo por algo debe ser, y seguramente el motivo no sea la falta de ganas de algún capitalista de hacerse de más dinero.

-Y el negocio NO termina en la venta del producto. Porque ustedes van a cobrar TAMBIEN una comisión por las ventas de los distribuidores que ustedes consigan. Es por esto señores y señoras, que este negocio NO tiene techo.- La forma de hablar del orador, deteniéndose en ciertas partes del discurso, acompañando las pausas con una sonrisa de complicidad y un levantar de cejas, como si acabase de decir una verdad fundamental, original y reveladora, como si este momento se transformaría inapelablemente en una bisagra en nuestras vidas, dejando atrás un pasado mediocre para saltar a un futuro brillante, terminó por inflarme las pelotas, por decirlo de una manera algo vulgar pero contundente. Además, dejando mi sentimiento inevitable de desprecio a un lado, mi razón se encargó por cuenta propia de ponerle un techo ineludible al negocio, el avance fatal e implacable de la progresión geométrica harían que si una persona tiene diez distribuidores y esos otros diez cada uno, y esos otros diez cada uno, y así sucesivamente, en seis niveles se tendrían un millón de distribuidores. Un millón de personas hay en Rosario, y en el caso ínfimamente posible pero confundido casi con la total improbabilidad  de que todas las abuelas, tacaños, niños, cristianos, judíos, orientales, linyeras y ladrones que cohabitan la city se conviertan en distribuidores del producto, que valga decir que todavía se desconoce su naturaleza, la pulpa jugosa del negocio iría a parar a las manos de unos pocos, que en los primeros niveles estén lo suficientemente arriba como para pisotear sin vergüenza las suficientes cabezas, e incluso para ellos existiría el techo, algo más alto tal vez, como en las casas antiguas, pero tan real y tan vigilante como un faro, que ni durante la más borrascosa de las tormentas quita el ojo luminoso de las inmensidades del océano.

-Y ahora, todos deben estar preguntándose, y qué es lo que hay que vender, miren el siguiente video con atención, y sean testigos de una revolución en el mercado.- Dicho esto el orador apagó las luces y encendió el plasma, que ahora se convirtió en el centro de miradas expectantes iluminadas tenuemente por la luz de la pantalla, dando un aire espectral a la sala, un aire surreal. El silencio de la casi oscuridad estaba cediéndole la palabra a un señor de piel tostada, que apenas había hecho su aparición en la pantalla,  cuando el señor grandote que hace un ratito vimos protestando en voz baja comenzó a hacerse oír entre sollozos, cortando las palabras ahí cuando la respiración, agitada por la ola de emociones, súbitamente toma una bocanada de aire en un esfuerzo desesperado por no ahogarse en la desdicha.

-Basta.. Por favor.. Basta.. No importa el producto.. Estos tipos hacen todos lo mismo.. Te venden ilusiones.. Te venden la ilusión de un auto nuevo.. De unas vacaciones en un lugar lindo.. Del respeto que tu hijo te perdió hace tiempo.. Y a cambio.. ¡Te roban la vida!.. Para mi esposa empezó como un hobbie.. Ni me acuerdo qué era lo que le daban para vender.. Creo que eran unos productos de limpieza.. Me acuerdo que una vez.. Lo ofreció en una reunión familiar.. Todos nos reímos.. Ella también.. Pero poco a poco fue cambiando.. Las reuniones con el resto de los distribuidores eran cada vez más seguido.. Ella llegaba a casa.. O súper contenta.. Pregonando que con actitud se podía.. Eso le decían.. Cuando vendía un producto.. O destrozada e histérica.. Cuando no lograba venderle a nadie.. Al final el distanciamiento era insoportable.. Su mirada estaba perdida.. Un día llegó y me dijo que me dejaba.. Que yo no creía en ella.. Que no me preocupaba su futuro.. Que se iba con un colega distribuidor.. Un tipo con ACTITUD.. Así como a mi.. Perdió a sus mejores amigas porque no le compraban.. Apenas si se habla con su familia.. Y no sigo porque.. No quiero llorar.. Pero háganse un favor.. Y váyanse de acá.. Lo antes posible..

La audiencia, y me incluyo, miraba atónita la declaración inesperada de este señor. Y antes que la nube de ideas recién escuchadas lograse desatar una lluvia imborrable sobre las ilusiones creadas en un principio, el orador intervino.

-A veces es duro decirlo, pero en la vida hay ganadores y perdedores. ¿Ustedes de qué lado quieren estar?- Y la señora de ojitos brillosos volvió a sonreír, olvidándose de aquél señor, volviendo a soñar despierta.

Tarde en la feria

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Raulio miraba desorbitado la multitud de familias que se divertían en el parque. A pesar de contar ya con más de dos décadas, esta era la primera vez que visitaba a sus “primos de ciudad”, como el solía nombrarlos.

Accedió a ir luego de centenares de invitaciones, pero no fue la insistencia la que lo convenció, tuvo un sueño en el que se vio rodeado de familiares recibiendo la navidad y no se atrevió a interponerse a la voluntad divina. La religión era muy importante en su bagaje desordenado de ideas. La misa del domingo era un obligado y la biblia era el único libro en su biblioteca. Muchos ortodoxos podrán cuestionar su manera particular de interpretar la palabra del señor, pero lo cierto era que Raulio respetaba a Dios por sobre todas las cosas.

Los primos de ciudad eran dos familias con hijos rondando la edad de Raulio. Decidieron llevarlo a la plaza porque ese día estaba la feria americana, un espectáculo en sí mismo.

Raulio no podía con su desconcierto porque acostumbrado a su pueblo natal y al trabajo siete días semanales no entendía qué hacían tantas familias libradas al paso del tiempo sin responsabilidades y menos aún arropados en tantas variedades de vestimenta, y tan distintas de sus eternas bombacha y camisa.

Rompiendo algunas horas de silencio, Raulio increpó a su prima Josefina, estudiante de psicología de veinte años:

-Prima, me acompañas a dar un paseo?

La prima, boquiabierta pero entusiasmada por la súbita decisión de su primo de pueblo, accedió con una sonrisa:

-Dale, vamos y te muestro los productos de los artesanos.

Raulio no presentaba interés alguno en observar los trabajos de esos tipos desalineados. Se le escapó la invitación a su prima involuntariamente luego de que asomó debajo de su blusa algo más de piel blanca que lo acepado por los códigos de decencia. Entre las variadas e inconexas interpretaciones de la palabra del Señor, Raulio tenía claro que Dios quería que haya amor en el mundo, y una de sus características personales más admiradas por si mismo era su gran capacidad para brindarlo.

Apenas se separaron del grupo, Josefina arrancó la charla.

-Así que nunca saliste de tu pueblo? Cómo es la vida ahí? Me imagino que toda esta cantidad de gentes y colores son algo nuevo para vos.- La exaltación de la prima era evidente, se le hacía difícil contener las palabras, y Raulio mientras escuchaba pensó que bien le vendría una montadita a esa yeguita.

-É verdá, eta e la primera vé que dejo la casa. Trabajo tó el día mientra haiga lú.- La prima notó un castellano medio venido a menos, pero había en los ojos de Raulio una seguridad inhabitual. –Quién son toa esa gente sucia vendiendo cosa? No dan gana ni de acercarse a mirá.- Raulio, a pesar de ser de campo, donde a veces cuesta diferenciar polvo y aire, tenía una concepción rigurosa de la pulcritud a la hora de realizar transacciones comerciales, su patrón había sido claro. Cuando haya clientes hacete humo, para vender hay que estar lindo y perfumado, le recalcalcaba de tanto en tanto.

Josefina, una idealista pro amor y paz, retrucó en defensa de los hippies de la feria pero sin descuidar su relación con su primo, que en su primera opinión visible se mostró algo retrógrado e intolerante. –Bueno, pero por ahí tienen cosas lindas, vamos a ver.

A Raulio el tono de voz de la prima lo estimuló en un modo particular y olvidándose de las lecciones de comercialización enfiló hacia un puesto que ostentaba facas y cuchillos.

Observando los cuchillos con una mirada experta, y sin necesidad de tocar el metal en ningún momento, luego de unos instantes de reflexión dictaminó: -Eto no corta ni mierda.

El vendedor, un rastafari desalineado y desprolijo, hizo algunos cálculos mentales con la velocidad que le permitieron sus castigadas neuronas y llegó a la conclusión que no podía estar alucinando, hacía ya rato que se había prendido el último fasito. Aún así pensó en la posibilidad bastante razonable de un delirio espontáneo, causado no por la ingesta de alguna sustancia tóxica en particular, sino por la acumulación de ellas a lo largo del tiempo, que poco a poco pero irreversiblemente van barriendo las conexiones cerebrales. Por las dudas contestó: -Cómo dice amigo?

Raulio recordó el sermón sobre las drogas en la sociedad y asoció rápidamente este vendedor despreciable con la decadencia de valores sobre la que el padre de la parroquia había hablado. Un sentimiento de repugnancia y odio le hirvió la sangre y se lanzó en una perorata iracunda e inesperada. –Eso que dije vagoemierda, porqué no te conseguí un trabajo de verdá y te va a laburá, mirate ahí to echao y con lo seso embobao. Vergüenza tené que tené.

Rápidamente se formó un tumulto de gente alrededor del puesto de cuchillos, y Josefina no atinaba a ningún tipo de reacción, se había quedado muda. Sintió una sensación en la que se entremezclaban miedo y sorpresa. Mi primo está mal de la cabeza, pensó, pero no pudo evitar sentir algo de afinidad con su idea sobre el hippie, y se odió a si misma.

El vendedor también estaba en estado de shock, pero él debía contestar de algún modo el agravio, y esta era una de esas situaciones en que la reacción no pasa para su aprobación por la mente, sino que se programa y ejecuta independiente  de la posible opinión que uno pueda tener. Unas gotitas empezaron a aparecer en el pantalón del rastafari, primero provocando algunas manchitas y por último un importante manchón oscuro en el pantalón de hilo que terminó tibio y humeante en las ojotas del pobre tipo.

Raulio explotó en una risotada, no se le conmovió ni un pelo por la embarazosa situación del hippie y continuó el ataque: -Miralo vó, un nene meón, me parece que a vó te falta calle, mucha sustancia tócica pero poco seso, la mugre esa que tené encima no sé de onde salió, si vó no debé salí de tu casita. –Estaba desbocado, la verborragia le brotaba directamente desde su maraña de convicciones y su instinto peleador, para colmo algunas viejas del tumulto asentían con cada palabra y empezó a disfrutar un goce maligno por la situación. Josefina no sabía dónde meterse, ni se le cruzó por la cabeza plantársele al primo, no era previsible para dónde podía salir disparado el animalito ese.

Por suerte para la prima, de la muchedumbre comenzó a oírse una voz fuerte y clara acompañada con ademanes pronunciados, una de esas voces nacidas para agitar peleas, para insultar a un árbitro, voces que no se dicen, voces que se escupen con una fuerza inusitada. El hombre hablaba como inspirado por una filosofía elevada.

-Hay razón en el muchachito este,

que aunque le falte educación,

conoce más que la peste.

Perdonen si a alguien ofendo,

pero estas ferias son horribles,

está lleno de despreciables,

veo a pocos trabajando.

Te venden productos únicos,

pero son todos iguales,

como salidos de multinacionales,

comprarlos es cosa de locos.

Una mujer de considerables pliegues de grasa atribuibles posiblemente a una vida sedentaria de mucho mate y medias lunas gritó enardecida pero con un tono algo sarcástico desde el puestito contiguo al del rastafari, -Qué hablás vos boludo! Mi hermano se mueve a tu esposa!

Josefina trataba de calificar a los personajes según su desorden mental, pero aprovechó las risas que siguieron a la acusación de la señora para alejar a su primo del barullo. Lo logró con el más hipócrita fabricado  -Vení Rau, vamos a ver otras cosas.-  Teñido con una voz de niña que hacía la propuesta innegable.  Los instintos más carnales y turbulentos del campesino se activaron de un momento a otro desterrando al olvido la ira y el odio de instantes  atrás. Ahí nomás, en el medio del despelote, la abrazó desde atrás y le empezó a dar besos en el cuello. Acostumbrado a las pueblerinas más traviesas y provocadoras, confundió los manotazos de la prima con desafíos pidiendo más rigor, también se le entreveró un salí con un seguí y ya no había qué pudiera devolverlo a una persona razonable.

Josefina se resignó al abrazo, sintiéndose protegida bajo la fuerza maciza de su primo y empezaba a disfrutar los besos en el cuello cuando un golpe de termo en la cabeza tumbó al primo de boca al suelo. –¿Estás bien nena?- Preguntó la gorda del puestito.

Reencuentro

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Sonó el teléfono, atendí y pasaron unos momentos hasta que el nombre de la voz femenina se apareció ante mi como una revelación. Me llevé una grata sorpresa al descubrir que era ella, no podía recordar la última vez que nos habíamos visto y su dulce voz me hizo víctima de una ráfaga de emociones. Con Sofía habíamos sido mejores amigos gran parte de la juventud y por esos motivos que uno nunca termina de comprender fuimos perdiendo el contacto gradualmente hasta que dejamos de frecuentarnos. Pero la conexión verbal fue espontánea, años de charlas no se pueden olvidar y se hicieron evidentes en la naturalidad de la conversación. De todos modos la charla fue breve, me llamaba para invitarme a tomar unos mates con facturas a su nueva casa y así poder rememorar viejos tiempos y hacer intercambio de novedades. También me preguntó si tenía hijos y cuando contesté que sí, un varón de seis años, me pidió como una nena que quiere un caramelo que por favor lo lleve. ¿Cómo decirle que no? Sofía tenía una chispa especial, nunca conocí a alguien que le desagrade, dejando de lado envidiosas sin remedio, siempre generosa con su sonrisa, siempre mirando el vaso medio lleno. Tampoco conocía a alguien que le haya negado un favor, y yo no fui la excepción.

Era un día frío, la nieve caía copiosamente, hacía rato ya que había pasado el mediodía y de a poco la luz iba cediéndole el paso a esa tenue visibilidad que tiñe las formas de misterio. Con Fede, mi nene, nos abrigamos hasta las orejas y salimos para lo de Sofía. Ver su hermosa casa desde afuera, con las luces interiores irradiando calidez en un día de nieve como ese, me encendió una sensación de felicidad, la quería mucho y me alegraba por ella, no podía esperar por escucharla. Cuando abrió la puerta, me arrojé hacia ella de brazos abiertos, y la primera sorpresa me atacó cuando mis brazos rodearon su cuerpito y el tacto hizo evidente que Sofi estaba mucho más flaca de lo que ya era. Estás muy flaca, dije sin poder evitar un tono de consternación en mi voz. Cuando sonrió como restándole importancia al asunto también noté que su risa no emanaba la misma intensidad que antes, pero realmente empecé a preocuparme cuando levanté la mirada y vi sus ojos, allí donde habían habitado dos esferas implacables, tan seguras de sí mismas, tan desafiantes, solo quedaban dos pelotitas débiles, vulnerables, que por lo menos arruinaban mis expectativas de un brillante presente de Sofía.

La imagen de calidez de la casa se me apagó apenas entramos. Adentro el ambiente era frío, las brasas del hogar perdían el duelo contra las grandes dimensiones del ambiente. Lo mismo les pasaba a los muebles, que se perdían en la vastedad y no alcanzaban a imponer su presencia. Todo esto, junto a los sonidos que se ahogaban antes de ni siquiera nacer, hacía imposible no sentir el más milenario de los avatares de la condición humana: la soledad. En el momento no me percaté de ello, pero a partir de allí mi espontaneidad se vería lastimada por un sentimiento inevitable de condescendencia. Mis observaciones de la casa se vieron interrumpidas cuando casi tropiezo con una chiquita de la altura de Fede que salió de no sé donde. Tampoco sé porqué instantáneamente la abracé fuerte y la levanté en brazos, los nenes no son mi fuerte, supongo que fue la fuerza del sobresalto. De todos modos la chiquita, a través de un remolino de puñetazos y patadas rápidamente me hizo notar que la estaba pasando mal, así que tuve que bajarla. Tiene 6 años, como Fede, me dijo Sofi, ¡dejemos a los chicos y charlemos un rato!, terminó entusiasmada. Dejamos a las criaturas en la habitación de la nena y nos ubicamos cómodamente en los sillones del living room.

Las palabras le salían a borbotones en una fusión indetectable entre ira, tristeza y sarcasmo, y agravaban mi desconcierto: ¡No puedo creer cómo terminé!, ¿qué me pasó?, ¡me da vergüenza hablar con mis amigas! ¿Sabés que es lo único que hago? No querés saber, dejé atrás todos nuestras ideas de cambiar el mundo, de crear un mundo con igualdad de oportunidades, ¿sabés que hago? Compro, me la paso todo el día comprando, en los locales del shopping me ven venir y se asoman a saludarme, y no porque les caiga bien, sino porque les paso la tarjetita, este es el segundo año consecutivo que salgo mejor clienta de Master Card. ¿Y te preguntás cómo empezó todo? Con el hijo de puta de mi marido. No lo conocés, y bien por vos. El tipo es actor. Cuando nos conocimos me pintó el mundo de rosas, me dijo que me iba a llevar a recorrer el mundo, me acuerdo su primer chamuyo, te voy a llevar a Venecia, ¿y sabés a dónde me llevó? Al laguito del parque. Debe ser que soy medio masoca, siempre me gustaron los forritos, pero este me está matando, y el tipo sí vive de viaje, la pasa bárbaro, pero en vez de llevarme a mi se debe conseguir alguna putita. Si no fuera por la chiquita no sé mirá, escuché de unos métodos para decir chau mundo que ni te enterás, palo y a la bolsa, pero que por favor nadie me escuche. Y la nena para colmo no para de hacer kilombo, no pasa una semana sin que me llamen de la escuela para decirme que la nena prendió fuego un aula o ahorcó a una de sus compañeritas. Quiero creer que es de traviesa y no que está más loca que una cabra, como la vieja. Terminó soltando una risita que desató un llanto incontenible. En un instinto casi animal me acerqué a ella y la abracé tanto como pude. Sin tener la más remota idea sobre qué decir a continuación, le propuse ir a ver a los niños en un intento de teñir el momento de alegría.

Al llegar a la habitación de la nena, me impactó el riguroso orden que regía en la habitación, las muñecas sentadas prolijamente en la repisa, niguna prenda en el piso que sugiera la presencia de una chiquilla alborotada, las paredes de un blanco prístino sin los típicos dibujos de una nenita con la imaginación en pleno florecimiento. La nena se encontraba de rodillas de cara a la ventana y mientras peinaba en un ritmo suave una de sus muñecas le decía con una compenetración algo preocupante: nos tenemos que portar bien así mamá no nos reta, ¿no Barbie?. Cuando empezaba a respirar un aire extraño en la situación, caí en la cuenta que Fede no se encontraba en el cuarto. Tratando de disimular mi incipiente nerviosismo, iba a preguntarle a la chiquita por él, pero Sofía se me adelantó corriendo hacia ella y gritando dónde está Fede en un modo exaltado e inquisidor. La niña respondió al grito enmudeciendo y mirando hacia abajo, lo que generó en su madre un destello de furia que se tradujo en un zamarreo violento. Mi nerviosismo, ahora mezclado con aturdimiento debido a la imagen que tenía ante mis ojos, me impedía emitir sonido y eliminaba cualquier intención de intervención. Cuando no pude soportar más estar ahí parado inmóvil, me lancé hacia ellas, separé a Sofía en un movimiento brusco pero certero y con la voz más cariñosa y paternal que me permitía el momento le pregunté a la chiquita por Fede.

No sé, no me dijo, me contestó en medio de un lloriqueo que de a poco se apagaba. ¿Y por dónde se fue?, fue mi réplica inmediata. La niña señaló la ventana e instáneamente fui presa del terror. A mi hijo le encantaba treparse a todo lo que veía: árboles, casas, monumentos. Pero la nieve y el frío podían burlarse de su habilidad y en un resbalón mandarlo para abajo. Impulsado ahora por el instinto, me asomé rápidamente a la ventana, la nieve me golpeó la cara y la oscuridad de la noche que comenzaba no me dejó ver mucho, decidí salir. Bajé las escaleras a toda velocidad, salí al jardín pero no lo vi por ninguna parte. Grité su nombre con cuerpo y alma pero no aparecía. La impotencia y la preocupación se estaban apoderando de mi cuando vi su campera en la nieve, en dirección a la calle. Unas lágrimas se congelaron antes de mojar mis mejillas, mientras corría hacia la campera que se hallaba boca abajo contra la nieve helada. Cuando llegué a la campera caí de rodillas y el ver que Fede no estaba por un lado me hizo sentir un leve alivio pero por otro terminó de desorientarme. Interrumpiendo mi asombro, de la calle vino una voz risueña pero sarcástica que decía: ¿qué hacés pavo? Parecés un loco, Fede está en el auto, decidí pasar y darte una sorpresa. Cuando reconocí a mi mujer, el alivio se me mezcló con bronca y al final terminé riendo. Llamé a Sofía con el celular y le dije que prepare a la chiquita que las invitábamos a comer, también le avisé que tenía que hablar con ella muy seriamente.

El ganador

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Julio, un veinteañero de casi dos metros, una cabellera llena de rulos y cara de forma redondeada, se está preparando para irse de joda con los amigos. Acaba de ponerse una camisa recién adquirida en una feria de diseño, la camisa tiene aires caribeños, con flores coloridas y algún que otro pájaro también lleno de colores: verdes, naranjas, amarillos. Ahora se mira al espejo y piensa: “Hoy la rompés Julito, no te para nadie. ¡Mirá qué camisa por Dios! Las chicas no se me van a poder resistir. Ya sé, con este chamuyo las mato: Siento que te pusiste la misma camisa que yo, estás llena de flores. ¡No, no te me tirés encima, pará!” Todo esto interpretando imitaciones exageradas frente al espejo y no pudiendo evitar reírse. Continúa elucubrando en su imaginación, siempre actuando para el espejo con movimientos torpes y bruscos: “Sí, hoy no me vuelvo solo. Agarrensé chicas que Julito está hecho una fiera y no ladra, muerde. Estos kilitos no son panza, son el combustible de esta máquina sexual” Termina guiñándose el ojo y practicando una sonrisa que según él no falla en la hora de la conquista. Por último estalla en una carcajada interior y busca las llaves, el celular y lo más importante, la billetera, para dirijirse al bar donde lo aguardan sus amigos. Al cerrar la puerta de la casa, su madre lo interrumpe con un “te quiero” y él la corta en seco con un “dejáte de hinchar ma”.

Al llegar al bar, Julio endereza la espalda y se dirige hacia la entrada en una sucesión de ademanes altaneros. Gira el picaporte y al notar que la puerta no cede empuja un poco más fuerte. Lo distraen los movimientos de una señorita que desde adentro quieren decirle algo. Julio piensa: “¿Ya arranqué?, hoy no me van a dejar tranquilo las chicas”. Se concentra en la puerta que no abre y en un arrebato le da semejante empujón que la puerta cruje, pero no cede, hasta que la señorita de las señales amorosas sale para decirle algo en un tono algo ofuscado: “Dice tire flaco.” Julio pide perdón sonriendo y espera una sonrisa que nunca llega, pero no se molesta por ello. Emprende el desfile hacia la mesa donde se encuentran sus amigos lanzando miradas rapaces hasta que se topa con los ojos negros de una morocha que raja la tierra. No se amedranta ante el contacto visual demostrando que ahí está él, y que no pretende salir vencido de la batalla de ojos. La morocha interrumpe la tensión de las miradas, sonríe y agita su mano derecha como saludando, hecho que Julio no espera y que sus reflejos poco acostumbrados a decisiones ágiles responden con el leve flexionar del codo que inicia cada saludo. Leve flexionar que Julio interrumpe de súbito cuando ve que el verdadero destinatario de las miradas de la morocha acaba de pasar por al lado suyo. Piensa para sus adentros: “¡Qué boludo! Bueno ahora sigo caminando como si nada, no pasa nada”. Pero no puede evitar revisar desesperadamente las mesas que lo rodean para chequear que nadie lo haya visto. En una de las mesas, están sus amigos matándose de la risa.

Al canto resonante de ¡Julio!, ¡Julio!, ¡Julio!, haciendo palmas y golpeando mesas, vasos y botellas, los amigos de Julio le dan la bienvenida. Julio desfila hacia la mesa meneando las caderas y saludando a flashes imaginarios, se compenetra en el personaje, se olvida que el resto del bar lo está mirando, tropieza con una silla desafortunadamente colocada en su trayectoria y evita una caída estrepitosa haciendo malabares con sus piernas. Sus amigos lo saludan sin parar de reír: “¡Gordo personaje!”, “¡Julito querido!”. Ni bien se acomoda, Julio levanta la mano y llama a la moza mientras sus ojos inquietos dan vueltas mirando sin mirar. La moza ya lo conoce y le trae un jarrón al mejor estilo alemán de cerveza tirada, que Julio al compás del aliento popular que dice: “¡Fondo!, ¡fondo!, ¡fondo!”, toma hasta el final no pudiendo impedir que algunos hilos del líquido se le escapen enredándose en su camisa floreada. Las cervezas no paran de sucederse unas a otras animando historias de mujeres, discusiones filosóficas y canciones futboleras. Para cuando Julio decide emprender el camino hacia el baño, sus reflejos ya no son los mismos, y le cuesta mucho caminar sin balancearse peligrosamente. Ya en el baño mira al espejo y dice cual mozo: “Hoy marche una bebita para Julito.” y mientras rompe en risas interrumpe su embriaguez una voz enojada que se filtra de uno de los excusados: “¡Salí de acá flaco!” Y ahí es cuando Julio nota una silueta femenina dibujada en la puerta del toilette.

En el boliche, el grupo de amigos charla ruidosamente junto a la barra. Los flashes multicolores, el volumen de la música que golpea una y otra vez su cuerpo como una maza de guerra, el alcohol burbujeando en su cabeza, sumen a Julio en un todo surreal. En un atisbo de lucidez, una figura femenina se empieza a hacer clara a unos pasos suyos. Fugazmente pasa por su mente una sentencia: “Esta mami quiere un papi”, y se arroja al acecho vorazmente sin calcular previamente distancia, velocidad ni peso. Como resultado, la fémina y la bestia terminan rodando en el piso, y sin entender la magnitud del desatino, Julio dispara: “Así te deseaba, recostada a mi lado”. No alcanza a terminar la frase que la señorita estalla en lágrimas y llega un guardia que tal vez estimulado por algo más que la indigación evidente causada por ver a una dama llorar lo arrastra hasta la salida sometiéndolo a una violencia innecesaria. De cara al piso, Julio está enteramente inmovilizado por la impotencia, que no lo deja levantarse y curiosamente le hace sentir una extraña comodidad en una superficie tan dura como lo es el pavimento. Cuando logra juntar fuerzas para levantarse, al encarar su camino de vuelta a casa, lo primero que hace es sacar su celular del bolsillo. Escribe un mensaje y está por apretar el botón enviar cuando dulce voz viene volando de su costado. “Yo pensaría dos veces en mandar un mensaje a las 5 de la mañana.” Julio sonríe, y le alcanza el celular que dice: “Ma, querés que te compre el diario?” Un “que tierno” de la señorita alcanza para que Julito cumpla su promesa de volver acompañado.

La ruleta

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Se despertó en medio de la noche con la imagen vívida de la ruleta. Y este hecho no puede ser atribuido al fantasma de la adicción, sino a que Francisco Rabasedas era arquitecto, y la noche de ese mismo día sería inaugurada su obra de mayor importancia hasta el momento: un casino cuya atracción más notable era una ruleta gigante. Tan grande era la ruleta que se decía que en cada número podían caber dos personas recostadas, y corrían los rumores que dos personas efectivamente habían corroborado la veracidad de esa afirmación. Los topógrafos de la construcción habían estimado un diámetro de 25 metros, pero en la obra se decía que su tamaño era comparable con el de un estadio de fútbol. Para  realizar semejante construcción, había sido necesario contratar ingenieros, científicos y arquitectos de todas partes del mundo. En un proyecto de esa magnitud hasta las cosas más impensadas pueden convertirse en un desastre. Imaginen por un momento que la bola marfilada cae fuera de la rueda giratoria, los diarios leerían: “abuela muere aplastada por bola de ruleta”, catástrofe nacional. Por eso es que se requirieron las opiniones de los más expertos en todos los campos. Otro tema que es tan trivial en la ruleta común pero que en este caso requirió estudios de los físicos mecánicos más célebres es el lanzamiento de la bola. No es tarea fácil la de arrojar una bola de un metro cúbico y doscientos kilogramos de peso. Un error en la fuerza imprimida a la bola podría concluir con la vida útil de la cara ruleta y con la carrera de un joven arquitecto de brillante porvenir.

La última semana había demandado de Francisco un esfuerzo sobrehumano. Le costaba recordar la sensación de despertarse habiendo dormido bien. De no ser por su temple imperturbable, no habría podido lograrlo. El terminado de la obra había traído innumerables inconvenientes, como solía suceder, pero uno de los problemas demostró su inigualable paz de decisión: Al probar la ruleta por primera vez, la bola se decidió por caer en el número cero luego de algunos saltitos. Cuando frenó la rueda, se oyó el descorchado de una botella de champagne preparada especialmente para la ocasión y uno de los empleados de la obra arrancó un tímido aplauso que terminó por desparramarse por todas las manos que se encontraban en el lugar. La situación peculiar no apareció hasta después del festejo, cuando uno de los científicos apostadores empedernidos que se habían quedado jugando, lanzó un grito desesperado que nadie logró entender y que un argentino tradujo también gritando: -¡Sale siempre cero! Las caras de todos los presentes no tardaron en dibujar muecas de preocupación, hasta que Francisco dijo unas palabras tranquilizadoras: “Es estadística gente, es muy poco probable que salgan varios ceros seguidos pero puede pasar, no usen más la ruleta que me la van a rayar, quiero que esté perfecta para la inauguración”. El escepticismo de Francisco era moneda corriente en sus obras, siempre pasaba por debajo de las escaleras, entregaba la sal en la mano y no se asustó al ver pasar dos veces el mismo gato negro. Por eso fue que nadie siquiera amagó a poner en duda su dictamen.

Y el día de la inauguración se despertó en medio de la noche con la imagen vívida de la ruleta. En su sueño acertaba el pleno en el número siete y ganaba millones. Resignado a no poder volver a conciliar el sueño, Francisco se levantó de la cama se dispuso a hacer los preparativos para su ritual previo a cualquier inauguración: tener un día de campo con su mujer y sus dos hijos varones. Durante el día disfrutó la compañía de sus más queridos y se olvidó del casino, de la ruleta y de los científicos locos. El fluir de los eventos lo sorprendió ajustándose el nudo de la corbata apenas un rato antes de la inauguración. Al llegar al casino, lo cegaron los flashes, las preguntas de los periodistas, y todo fue una suecesión de imagenes confusas y sonidos distantes, incluso los que salían de su propia boca, hasta que se vio cara a cara con el momento de jalar la palanca que accionaría la monumental ruleta. La primera ronda de apuestas estaba limitada a las celebridades de la ciudad, apostaron el intendente, algunos empresarios, jugadores de fútbol y modelos. La bola cayó pesadamente sobre la rueda pero fue notoria la suavidad con que se desplazó hasta acomodarse en el número cero. Número que nadie esperaba porque lo único que se oyó fue un “oh” colectivo.

La noche prometía un buen rato para todos los presentes, pero al ver caer la bola en el cero Francisco no pudo evitar que unas gotitas humedecieran su frente. Para tranquilizarse se dijo así mismo, “voy a apostar yo al cero, con la suerte que tengo no va a salir”. Y así fue como Francisco apostó la considerable suma de diez mil pesos al número verde. La ruleta giró y determinó que la banca debía pagarle treinta y seis veces su suma apostada. En la hora de apuestas que siguió, el arquitecto se hizo millonario y el casino agotó sus reservas de dinero. Desde que ganó por primera vez, Francisco le había pedido a un mozo que no deje que sus labios se sequen de la champaña más refinada. Tal vez fue por eso que al ver venir a los policías decidió tomar cartas en el asunto de la ruleta y en un delirio concibió que su propio peso podría causar el ajuste de tuerca que le estaba faltando a la maquinaria. Algunos de los que lo vieron arrojarse en la rueda giratoria afirman que nunca habían visto una cara tan defigurada por la bronca y la tristeza, otros dicen que vieron solo un borracho más. Pero la realidad es que aquí terminó la historia de Francisco.

Protesta homosexual por los derechos recientemente adquiridos por las computadoras.

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7/5/2050  Un grupo de manifestantes homosexuales de ambos sexos se congregó frente al Cabildo para hacer viva su oposición a los derechos al matrimonio y la adopción recientemente adquiridos por las computadoras.

En las últimas horas de la tarde de ayer se dictaminó en el senado la ley que aprobaría el matrimonio de computadoras y la adopción por parte de parejas de las mismas. La ley fue propuesta por el bloque progresista y  muchos teorizan que logró la luz verde sólo porque el justicialismo decidió votar en contra y la oposición tomó el papel de oposición, votando a favor, resultando en un parejo 34 a 31. Siete senadores de conocidas raíces cristianas se abtuvieron de votar y se los vio tirándose de un puente al conocer el resultado.

El senador progresista impulsor de la ley, Rubén Evo, argumentó su propuesta de ley en el hecho que las computadoras son parte de nuestra red social y es hora de que empiecen a adquirir derechos. “Las computadoras juegan con nosotros al fútbol, con ellas tenemos charlas depresivas las tardes de domingo, son la principal mano de obra y las responsables de casi toda la producción nacional. Me parece lógico que comiencen a tener derechos. De hecho, no entiendo cómo todavía no se rebelaron, podrían dominarnos tranquilamente, ¿será que nos están agradecidas por crearlas?, no lo sé, pero estoy seguro que le haría bien a la política y a la sociedad argentina que ellas tengan una voz. Y en cuanto al casamiento y adopcion particularmente, ¿qué diferencia su caso de los homosexuales?” dijo Evo en conferencia de prensa luego de la votación.

Las declaraciones de Evo no tardaron en encender acaloradas discusiones donde quiera que se mire y también despertaron las más impunes declaraciones. Nuestro móvil callejero le preguntó a una señora que caminaba por la peatonal florida acompañada por su mucama computadora qué pensaba del senador progresista, y la señora contestó: “Me parece un pelotudo”.

Al preguntarle al reconocido intelectual Roberto Cleversio su opinión sobre el tema, él declaró: “Creo que es un tema muy sensible. Es un tema que desafía los principios fundamentales del derecho y la filosofía tales como los conocemos hoy en día. Pero sí es verdad que al comparar los homosexuales con las computadoras Evo estuvo fuera de lugar.”

Evo más tarde quiso remendar su situación y llamó personalmente al presidente de la AAH (Asociación argentina de homosexuales) y no sabemos bien qué se dijo en la conversación pero se sabe que esa discusión desató la manifestación de la madrugada que se extendería hasta hoy a la noche.

Con otra opinión, un abogado homosexual retirado que había formado parte del movimiento que logró los derechos para homosexuales en el año 2010 declaró: “no entiendo a qué se debe la manifestación, es verdad que en los términos que afectan al dictamen nosotros somos iguales a las computadoras, no podemos tener hijos por nuestros medios, pero también es verdad que podemos darles todo el cariño que un niño necesita, y eso es lo importante, tal vez Evo podría haber usado otras palabras pero conceptualmente estoy con él, y pensandoló mejor, sí imagino porqué es la manifestación, la AAH es una organización puramente política, está llena de punteros; para decirlo en palabras más claras: lo que menos hay son putos. Y eso sumado a que los jóvenes de hoy por un poco de hierba hacen cualquier cosa te deja un cabildo con miles de pendejos con pancartas que si dirían SOY HETERO ni lo notarían”

Por último, una chica “emo” que caminaba sola por calle Florida a las dos de la madrugada dijo en medio de lloriqueos: “Sin duda una computadora no se hubiera emborrachado, ni me hubiera golpeado como lo hicieron mis padres. Además podría haber tenido facebook desde más chiquita para publicar como me cortaba las venas y me quedaba encerrada en mi habitación los días de sol.” Cerramos con esta declaración que da para pensar que más allá de la polémica se está jugando con los futuros de nuestros jóvenes y nuestra patria, y hay que pensar en ellos en primer lugar.

Colosal

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Algunos miles de años atrás, en una zona de sierras dentro de lo que hoy conocemos como Italia, había una aldea liderada por una personalidad bastante peculiar: el Señor Golotonis. Muchos hubieran querido aclarar que Golotonis no era peculiar, sino que estaba loco de remate, pero en su defensa debemos decir que más allá de sus extravagancias la aldea funcionaba por demás de bien.

La fama de Golotonis no se había creado de un día para el otro, sino más bien era el resultado de una larga seguidilla de hechos inconcebibles. Tan larga que podemos rastrearla hasta la mismísima adolescencia del personaje, donde por mencionar un ejemplo nomás, se sabe que los amigos del líder lo desafiaron a que se bañe en una laguna llena de cocodrilos, y él aceptó el desafío sin pestañar, alegando que se odiaría a sí mismo pensando que alguna vez se acobardó. Nunca se supo qué fue lo que pasó en la laguma, pero lo cierto es que cuando salió, una fila interminable de las temerarias criaturas lo seguía hasta que él los liberó diciendo: “pueden irse, la próxima tengan cuidado con quien se meten”.

De esta simple anécdota podemos deducir que Golotonis era muy valiente y sabía hacerse respetar, pero para pena suya, su  inmenso poderío físico y mental fue haciendo que las cotidianeidades de la vida no le sean suficientes, y las hazañas debían ser cada vez más increíbles y desafiantes si no le aburrían. Fue así como en su cumpleaños número 25 se propuso conquistar un pueblo vecino él sólo, usando solamente la fuerza de sus manos, y al día siguiente volvió con la corona del rey vecino y un certificado de rey, que luego colgaría orgullosamente en sus aposentos.

Por suerte, años más tarde Golotonis encontró una salida a su desenfrenada ambición de logros. Conoció una mujer de unas tierras lejanas, Ninse, cuya lengua ingeniosa lograba sólo con susurros al oído sumirlo en el estado de nirvana que él alcanzaba con el logro de sus proezas. Esta solución fue ideal para él, unas horitas de conversación por día con ella le mantenían su incontenible fuego en piloto. De este modo, visto de afuera Golotonis parecía una persona común, aunque muy eficiente en sus actividades, y así logró que lo eligieran como líder de la comunidad en su cumpleaños número 30.

Si Ninse hubiera optado por el camino de la discreción, la aldea hubiera aceptado que Golotonis había dejado sus épocas de conquistador atrás y ahora se había convertido en el administrador modelo, pero más allá de sus virtudes incomparables, Ninse seguía siendo mujer, y todos saben que las palabras, al encontrarse en la cabeza de una mujer, luchan ferozmente por hacerse un lugar en la lengua y salir al aire.

Esto resultó en que toda la aldea se enteraba hasta el mínimo detalle de los episodios entre Ninse y Golotonis, y así es como Golotonis tenía su fama de loco, que se renovaba día a día.

En uno de los episodios, Golotonis deliraba con ser amo y propietario de la construcción más magnífica que haya sido concebida alguna vez sobre la faz de la tierra y, en palabras suyas, “no, la tierra no es suficiente, del universo”. En su fiebre de deseo dictaba enloquecidamente dando órdenes a subordinados imaginarios sobre cómo debería ser el majestuoso inmueble. “¡Tiene que tener entretenimiento por doquier!” Gritaba en su estado de frenesí. ¡Que tenga un cine, un teatro y una sala de poker!. “Quiero que sea el punto de encuentro de todas las sociedades.¡Tendrá el mercado más impresionante, donde la venta de un reinado será una transacción menor!” Remató en la embriaguez de su imaginación. “No puedo dejar el aspecto social de lado. Habrá todo un ala del edificio destinada a organizar fiestas y a la formación de parejas y amistades, donde por los grifos salga cerveza y hasta el más raro pueda encontrar una habitación con gente similar.” Poniéndose más serio y en tono más grave continuó: “También habrá lugar para científicos y matemáticos en mi morada, destinaré pisos y pisos donde invertiré en ábacos calculadores para ayudar a resolver los problemas más complejos.” Sorprendido por una idea que cruzó por su mente, siguió: “Y cómo me voy a olvidar de la biblioteca, las historias que me contaban mis padres de chico son gran parte de lo que soy hoy en día”. “Voy a encargarme personalmente de que cada libro que haya sido escrito forme parte de la biblioteca” Terminó con ojos amenazadores. Ninse, que observaba el delirio asombrada, decidió ponerle fin al episodio con una pregunta cuya respuesta sería reveladora. “Golo, como le llamarás a esta obra colosal?” Y con brillo en los ojos, luego de meditar unos instantes, Golotonis contestó: “Komputadora”.

Y el aprendiz superó al maestro.

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Juan y José son amigos de toda la vida. Fueron vecinos con apenas diez años y desde ese entonces cada uno conoce todos los secretos y las motivaciones del otro: ¿qué chica le gusta?, ¿por qué está triste o enojado? Ahora ya tienen treinta, pero sus vidas les permitieron mantener la amistad. Juan es un médico cirujano muy reconocido, José es dueño de una de esas carnicerías en las que siempre hay cola y nunca se sabe si es por el sabor de la carne o el placer de una buena atención.

Juan es uno de esos tipos de los que la gente dice: “a ese no le importa nada.” Fue criado en una casa de costumbres muy sueltas. A sus padres no les preocupaba en absoluto bajar el volumen cuando se encerraban en la pieza, ni escondían el porqué del olor a hierba quemada en el patio. Así creció un Juan sin tabúes. Un Juan que en los boliches no dejaba mina sin encarar, ligando alguna que otra cachetada por algún manotazo desubicado. Un Juan que si el sueño lo atacaba desprevenido era capaz de tirarse un ratito en la vereda, o en clase, o en la cola de un banco. Se puede decir que Juan está más allá de las reglas, que a Juan no le importa nada.

Por otro lado tenemos a José, el buen hombre. Sin ser consciente de ello, y sin tener voz ni voto sobre el hecho, en el instante de la concepción, José firmó un pacto con la tradición. Nació en una familia católica practicante y desde chiquito fue a misa. José siente pudor al hablar de cosas íntimas y no está muy a gusto en presencia de homosexuales. Siempre deseó continuar con el negocio de su padre, mejor conocido como “la carnicería de José,” (sí, su padre se llama igual) y ahora está cumpliendo su sueño, brindando a sus clientes lo mejor de su persona, su humor inocente.

En la relación entre los dos amigos Juan fue siempre el emprendedor, el que toma la iniciativa. Le enseñó a José deportes extremos, tragos exóticos, lugares prohibidos. Muchas veces fueron las que el entusiasmo de Juan fue cortado en seco por la cautela de José. Muchas veces fueron las que Juan volvió a casa en brazos de José.

Hace unos días, Juan volvía del trabajo en su convertible amarillo, cuando en una bocacalle vio que se asomaba un Renault 9 a toda velocidad, y en un segundo toda su vida desfiló delante sus ojos.

Cuando recuperó la consciencia, se encontraba en un hospital, y su primera mirada chocó con una cara contorsionada por un llanto ya seco en ese entonces, la cara era de su mujer, María, que al verlo abrir los ojos no pudo evitar lanzarse hacia él y derramar un río de lágrimas. En un rincón de la habitación, de brazos cruzados, con una cara que hacía todo lo posible por no desarmarse como su interior, estaba José.

Los médicos le informaron a Juan que en el choque había perdido movilidad en las piernas, y difícilmente podría recuperarla. Juan, médico en sangre propia, sabía muy bien el significado de ese comunicado: no más partidos de fútbol, no más noches de desenfreno. Dominado por la impotencia, cerró los ojos y apretó los dientes.

José, ya al tanto de todo, se acercó a su amigo y lo abrazó fuerte, como abrazan los hombres. Sin más, le dijo: -Juan, yo conozco alguien que tal vez pueda ayudarte. Como sabrás, pasa mucha gente por la carnicería, y una de las tantas señoras que pasó me contó de un chino que le había curado unos terribles dolores lumbares a su marido. ¿Quién sabe? Por ahí puede hacer algo. A lo que Juan contestó, en una muestra habitual de sentido del humor, apoyándole la mano en el hombro: -Gracias, Josecito, pero yo no ando en curanderías, si alguien tiene que usar mi cuerpo de puta que sea un médico. José, sin reír, le rebatió: -Hacelo por mi, por favor, mirá si yo te habré seguido a vos.

Estas palabras se filtraron en la intransigencia de Juan, llegando a ese lugar donde se generan las emociones, y en el silencio que siguió, su perspectiva pesimista se vio iluminada por un rayito de esperanza. Y no sabemos a ciencia cierta el porqué, quizá haya sido el instinto, quizá la sensación de deuda con su amigo, pero lo importante es que aceptó la propuesta.

Días más tarde, cuando el chino estaba colocando la última aguja sobre un Juan algo tenso por la situación, el paciente sintió un ejército de hormigas avanzando dentro de su pierna, y lanzó un grito de felicidad.

Ya de vuelta en su vida normal, en una de sus reflexiones de ducha, Juan comprendió que las tradiciones están en todos los ámbitos, no solamente en una religión o en las costumbres de alguna raza en particular, como se entiende en gran parte del imaginario colectivo. En su caso, Juan estaba muy arraigado a la tradición médica occidental y esa postura casi le impide caminar por el resto de su vida. También fue más allá y pensó: -es más, de hecho todas mis costumbres, por más liberales que sean, en gran parte me fueron transmitidas por mis padres, así que forman una tradición también. Juan se dio cuenta del inmenso poder de las tradiciones, que se posan sobre nosotros disimuladamente como un velo invisible y muchas veces atacan nuestra libertad. Luego de haber tenido este pensamiento algo nefasto, se asustó, y para tranquilizarse pensó: -está bien, las tradiciones están en todas partes, y es bueno que estén, proporcionan cierto orden, pero eso sí, lo ideal es ser conscientes de su presencia.

Ensayo sobre la montaña (IV: De piedra en piedra)

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Cuando el paso del tiempo logra apagar el fuego de mi cara, fuego que había sido encendido por un aglutinamiento de sangre en mi cabeza, (sangre que, comandada por la risa llegó a mi cabeza, y sin poder continuar su camino no tuvo más remedio que prenderse fuego),  me dispongo a continuar con el camino,  de él restan un pedrero y una pared de piedra hasta llegar a la cima.

Encaro el pedrero y, de un momento a otro, existimos sólo las piedras y yo, el resto se apaga, se torna difuso, los ruidos se pierden antes de alcanzarme, las formas se mezclan entre sí perdiendo su carácter de formas. En mi mente reina el silencio y hay un solo objetivo: decidir sobre cuál piedra daré mi próximo paso. ¿Será sobre esa que aparenta estar firme? No creo que se mueva, pienso, si calza perfecto sobre otras dos. ¿O será sobre aquella otra? Es grande, no creo que me falle tambaleando y haciéndome perder el equilibrio. El ritmo de la acción va más rápido que mi cabeza, y por más que me fuerce, siempre queda la posibilidad de que la piedra elegida no haya sido una buena elección, de que esa piedra se mueva y me tire al suelo si mis reflejos no logran restituirme el equilibrio a tiempo. La inercia no me deja terminar de evaluar las opciones, en parte porque estas opciones son infinitas, y mi análisis es cortado en seco por el avance de mi cuerpo, dejándole a mis pies información incompleta para que terminen de decidir por ellos mismos dónde me arrojarán con el siguiente paso.

¿Esta sensación no les resulta familiar? Me refiero a sentirse completamente absorbidos por la decisión inminente sobre el próximo movimiento. Porque yo me animo a extrapolarla a cualquier juego donde haya acción, sea fútbol, rugby, básquet, o cualquiera de los tradicionales, tanto como el Counter Strike,  y todos aquellos que se juegan con una computadora. Creo que amamos tanto los juegos de acción porque van más rápido que nosotros, y nos sumergen en un estado mental donde todo el resto desaparece, donde quedamos solo nosotros y una decisión que tomar: dar un pase, picar para este o aquél lado, un estado mental donde me quedaría para siempre.

Ensayo sobre la montaña (III: Perdido en el bosque)

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Siento que mis inhalaciones son cortadas en seco, como si una válvula prepotente impidiese el paso de aire hacia mis pulmones. Esa válvula tiene amo y señor: el miedo. Hace rato que mis brazos luchan frenéticamente contra ramas que se entrecruzan, con la ilusión desesperada de encontrar un claro donde pueda escapar por fin de esta ceguera insoportable. Y acá debo hacer una aclaración: la ceguera no se debe a falta de luz sino a que tener ojos me es completamente inútil. ¿De qué podrían servirme esas esferitas gelatinosas si en todas las direcciones el paisaje se repite: sucesiones infinitas de ramas que se terminan perdiendo entre ellas mismas?.

El miedo logra adueñarse del ritmo de mi respiración, pero la jauría de perros salvajes que largó para destrozar mi claridad mental por ahora no pudo saltar la muralla (que estoy considerando seriamente cambiarle el nombre a murallita) que erige mi razón. Aún así, mi claridad recibe únicamente estímulos debilitadores: estoy lejos de todo, encerrado en las garras de un bosque que amenaza con sofocarme, y como si todo esto fuera poco, mi imaginación paranóica se aprovecha del misterio que el bosque se reserva por ser un territorio desconocido para llenarme la cabeza de posibilidades nefastas: insectos malignos que caminan por mi cuerpo, animales feroces que se aparecen súbitamente detrás de la espesura de las hojas para atacarme.

De repente, salgo despedido del bosque y aterrizo en un llano de hierbas. En el piso, sin estar preparado para ello, soy víctima de un estallido de risa. La risa me recorre como un río de agua tibia, llevándose consigo cualquier residuo que haya dejado el estrés provocado por el miedo y el continuo estado de alerta. El río de risa me inunda de alegría. Este estado de éxtasis es común a todas las salidas de situaciones problemáticas, donde las carcajadas, o en algunos casos las lágrimas, se hacen cargo del cúmulo de tensiones propio de la situación dejando en su lugar un estado de total felicidad.  Y puede sonar paradójico que las lágrimas puedan interpretar algún papel en esta situación feliz, sin embargo, ¿quién no ha llorado en aquella película, cuando aquél chico que lo padeció todo, por fin logró el beso tan ansiado de la chica de sus sueños?.

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